Un soldado regresa de la guerra a la hacienda de su familia y la encuentra ocupada por un extraño, su madre desaparecida y su padre convertido en un desconocido cortés.
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Un soldado regresa de la guerra a la hacienda de su familia y la encuentra ocupada por un extraño, su madre desaparecida y su padre convertido en un desconocido cortés. Con una cicatriz que le cruza la cara y otras que no se ven, Don Gonzalo reclama lo que es suyo mientras intenta averiguar qué fue de la mujer que vino a buscar. Una novela de honor, herencia y silencio en la España rural del Siglo de Oro.
Una noche de lluvia torrencial, un jinete embozado golpea con la empuñadura de su espada la puerta de una casa solariega y expulsa al hombre que la custodiaba en nombre de otro señor. No da explicaciones ni nombre: solo un mensaje para quien lo envió, que ha llegado el legítimo propietario. Así empieza el regreso de Don Gonzalo, hijo mayor de Don Diego, soldado curtido en campañas lejanas, que vuelve a las tierras de su tío con el cuerpo marcado por cicatrices —una larga, de la ceja a la barbilla; otra honda junto al hombro que aún duele— y con una única pregunta que nadie sabe responder: dónde está ella.
La casa que recupera está vacía en más de un sentido. Doña Elvira, su madre, partió poco después de que él se marchara y no ha dado noticia desde entonces. El capitán bajo el que sirvió ha muerto. Su padre, que lo creía perdido, lo recibe con una cortesía que no consigue disimular el desconcierto de encontrar vivo a un hijo que ya no reconoce. Alrededor de ese vacío, la novela va reconstruyendo con paciencia la vida material de una hacienda del siglo XVII: Fadrique, el administrador de probada entereza que carga con el estigma de descender de conversos y rinde cuentas escrupulosas; Catalina, la sirvienta vieja, incapaz de servir sin rezongar y de rezongar sin cuidar; Rafael, José y Vicente, mozos de cuadra que traen de vuelta las yeguas y los sementales del tío muerto. Vuelven los caballos, se limpian las pilas, se enciende la cocina, se fríen huevos en aceite de oliva mientras la nieve de febrero sepulta los caminos.
En esa reconstrucción minuciosa —el baño caliente que ablanda una segunda piel de mugre, el parto nocturno de la yegua Espléndida velado sobre un montón de paja limpia, la fiebre que vuelve al amanecer y que el joven oculta a todos— se adivina un hombre que intenta recuperar un hogar que quizá ya no existe. Cuando su padre lo convoca para repartir en vida el mayorazgo, Gonzalo acude, pero no a comer. Allí encuentra también a Sergio, el hermano menor reconocido en su ausencia, estudiante de medicina: dos hijos que no podrían ser más distintos, un soldado y un sanador, frente a las mismas actas notariales.
El regreso de ese día trae la primera factura de la violencia con la que abrió el libro. Un trabucazo desde la nieve, una persecución a caballo por el campo blanco, una súplica de perdón que esconde una daga. Gonzalo vuelve a casa sostenido en la silla solo por su voluntad, con una mancha oscura extendiéndose bajo el jubón, y pide agua caliente, paños, hilas y aguardiente antes de despachar a Catalina y quedarse a solas con una daga puesta al rojo entre las brasas.
Escrita en una prosa de época sobria y sensorial, atenta al habla cortés del tratamiento y al frío que entra por las contraventanas, la novela alterna la aspereza del acero con el pulso doméstico de una casa que despierta. Su protagonista es un hombre que no exterioriza nada: la tormenta interior solo se traduce en una ceja arqueada, un silencio demasiado largo, una sonrisa desprovista de alegría. Lo que busca no está en las tierras que ha recuperado ni en los títulos que le corresponden, y esa ausencia —la de la madre que se fue sin decir a dónde— es el verdadero motor de una historia sobre lo que un hombre puede reclamar por derecho y lo que ningún derecho le devuelve.
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