Crónica en primera persona del Desastre de Annual (1921) y del posterior cautiverio rifeño, escrita por el teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, testigo directo de los hechos, y recuperada ahora en edición fiel a la única impresión…
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Crónica en primera persona del Desastre de Annual (1921) y del posterior cautiverio rifeño, escrita por el teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, testigo directo de los hechos, y recuperada ahora en edición fiel a la única impresión original melillense.
En el verano de 1921, el ejército español en el Rif se derrumbó en cuestión de días. Lo que empezó con la caída de Monte Abarrán —una primera derrota de la que nadie quiso extraer conclusiones— siguió con el asedio de Igueriben y Sidi-Dris, la desbandada desde el campamento de Annual, el paso angosto del Izzumar y una retirada escalonada por Ben-Tieb, Dar Drius y el río Igan hasta Monte Arruit. Quien lo cuenta aquí no lo reconstruyó después: estuvo dentro. El teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz mandó columnas en los convoyes de socorro a Igueriben, vio replegarse líneas que aún no habían disparado un tiro, contó sus bajas al caer la tarde y acabó en manos de los independentistas rifeños, retenido como botín de guerra y moneda de chantaje durante casi año y medio.
El libro se organiza en dos mitades de peso casi idéntico y de temperatura muy distinta. La primera es puro movimiento: órdenes telefónicas, marchas de veintiocho kilómetros bajo un calor asfixiante, cantimploras racionadas, emplazamientos de batería, ametralladoras que agotan munición, oficiales que intentan contener a sus hombres. La segunda es estática y moral: el cautiverio en Axdir, el desgaste de hombres que se saben abandonados, las noticias escasas y casi siempre desalentadoras que llegan de la Patria por la que han combatido. Ahí, donde la acción cesa, aparecen las valoraciones del autor —también su ironía, incluso su humor, sobre todo al describir aquel remedo de Estado que fue la República del Rif.
Pérez Ortiz escribe sin adjetivos de más y sin buscar el efecto: refiere lo que vio y, cuando repite lo que le contaron, avisa de que lo comprobó antes. A ratos parece incluso rebajar la magnitud de la tragedia, quizá como defensa del propio ánimo. Su prefacio, en cambio, no se contiene: declara que la crónica es toda su venganza, entendida como no consentir que se engañe a nadie, y lanza una batería de preguntas sin respuesta sobre por qué se ocuparon posiciones vendidas de antemano, con un largo desfiladero como única vía de retaguardia. Para quien quiera juzgar, propone un testigo que no miente: el terreno, que allí sigue, sin haber variado.
La edición se completa con una introducción que recorre hoy aquellos escenarios —de Melilla a Alhucemas, de los muros baleados de Sidi-Dris al mercado que hoy cubre las ruinas de Monte Arruit—, un perfil biográfico del autor (militar de entresiglos, veterano de Cuba y Puerto Rico, después alcalde de Ceuta, con un hijo fusilado en 1937) y una cronología de 1921. El texto se ha respetado tal como se imprimió en Melilla meses después de la liberación del autor: su puntuación, sus cursivas, sus topónimos, sin notas al pie que se interpongan entre el lector y el testimonio.
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