Un hombre despierta desnudo dentro de una bolsa para cadáveres, en el sótano sin ventanas de un hospital donde un operario con traje de bioseguridad arranca dientes de oro antes de meter los cuerpos en el horno.
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Un hombre despierta desnudo dentro de una bolsa para cadáveres, en el sótano sin ventanas de un hospital donde un operario con traje de bioseguridad arranca dientes de oro antes de meter los cuerpos en el horno. No recuerda su nombre: solo tiene la etiqueta atada al pie —184— y un aviso de peligro biológico. Diez plantas más arriba, una enfermera del turno de noche empieza a seguir un rastro de huellas descalzas y un olor que no debería estar allí.
La novela arranca con una escena que no concede tregua: alguien recupera la conciencia envuelto en plástico blanco, empapado en el líquido que ha goteado desde el cuerpo apilado encima del suyo, dentro de un depósito donde el aire acondicionado no funciona y la música comercial escapa del traje de un empleado que trabaja de espaldas, ajeno a que uno de sus difuntos acaba de incorporarse. El protagonista no sabe quién es. Conserva el mundo entero —marcas, canciones, el sabor de un kebab junto a la plaza de la Catedral— pero ha perdido su propia biografía. Lo único que lo identifica es una etiqueta con tres cifras, una cicatriz reciente en la nuca, brazos morados de pinchazos y un tatuaje en el hombro con una sola palabra: suerte.
El relato se organiza en capítulos alternos que van estrechando el círculo. En uno de ellos, el paciente 184 se arrastra escaleras arriba por una planta de aislamiento donde los enfermos yacen atados, rapados y envueltos en una neblina que solo él ve. Porque al despertar ha despertado también algo más: escucha los pensamientos ajenos como una interferencia dolorosa que le revienta la nariz, distingue auras y humos alrededor de la gente, y descubre criaturas parásitas que succionan a los moribundos y aparecidos que le piden fuego en la oscuridad de un vestuario. Su plan es simple y desesperado: robar una bata, una tarjeta de acceso y unos billetes, y llegar a la planta cero antes de que alguien note la camilla vacía.
El otro hilo pertenece a Susana, enfermera del turno de noche en Icarus. Su capítulo empieza con una preocupación mucho más terrenal —números rojos, la nevera vacía, horas extras pedidas por mensajería instantánea— y se va hundiendo en la herida que arrastra: la muerte de su marido en la carretera de la costa, acribillado antes de estrellarse, y la deuda de ciento cincuenta mil euros que le dejó junto con la certeza de haber convivido con un desconocido. Cada día once, cuando el banco le pasa el recibo, Susana se obliga a repasar la historia entera. Esa noche, además, el ascensor apesta, el suelo del vestuario tiene huellas descalzas y gelatinosas, y el médico con el que se ha cruzado en recepción no acaba de encajar en ningún turno.
La convergencia llega con la frialdad de un dato administrativo: en el parte de la planta figuran dos salidas, y una de ellas lleva el número 184. A partir de ahí, la novela combina el realismo áspero del oficio sanitario —el papeleo, el humor negro entre compañeras, la burocracia de la muerte— con un terror que crece por acumulación de detalles físicos: el olor, el calor, la carne. La prosa alterna la primera persona alucinada de quien no sabe si está loco o está viendo por primera vez, con una tercera persona seca y cercana para Susana, y sostiene desde la primera línea las dos preguntas que empujan la lectura: qué le hicieron al paciente 184, y qué clase de hospital necesita duchas de descontaminación, protocolos de nivel rojo y un incinerador propio en el sótano.