Nacho, un padre malagueño separado, libra dos batallas simultáneas: la judicial por ver a su hijo de ocho años y la interior contra una ira que él percibe como colores que invaden su vista.
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Nacho, un padre malagueño separado, libra dos batallas simultáneas: la judicial por ver a su hijo de ocho años y la interior contra una ira que él percibe como colores que invaden su vista. Desde una infancia solitaria en la que descubrió esa percepción extraña, hasta un encuentro nocturno en una gasolinera desierta que se torna violento, la novela recorre el pulso entre el odio heredado y la paz que intenta construir.
En un patio de colegio, en 1997, un niño de seis años vomita ante la mirada de sus compañeros y, por primera vez, ve el aire llenarse de colores que solo él percibe. Ese instante —mezcla de humillación y revelación— marca el punto de partida de la obra y establece su clave interpretativa: los colores no son adorno fantástico sino el lenguaje con que el protagonista nombra lo que siente y lo que no sabe controlar.
Veintiún años después, Nacho conduce de noche por la autopista hacia Málaga pensando en Raúl, su hijo de ocho años, a quien la distancia y una sentencia judicial le permiten ver un fin de semana cada quince días. Su separación de Elena lleva cinco años sin cerrarse: procuradores, peritos, jueces y familiares componen un circo de tres pistas en el que el niño observa cómo sus padres se disputan su custodia. Nacho ha aprendido técnicas para contener la ira que le sube desde las entrañas, y las aplica con la disciplina de quien sabe que perder el pulso una sola vez tiene consecuencias.
Una parada rutinaria en una estación de servicio vacía rompe esa frágil calma. Un motorista que pide cinco euros, un empleado que golpea el cristal de seguridad con los ojos inyectados en sangre, una agresión sin provocación previa: la escena escala hasta un frenesí que Nacho reconoce demasiado bien porque lo ha visto dentro de sí mismo. La narración alterna entonces con 2013, la noche en que un mueble derribado, una puerta cerrada entre dos personas que ya no se escuchan y un forcejeo involuntario terminaron de romper una familia, y en la que ambos —él con sus golpes a las paredes, ella con un móvil en la mano— se acusan de un daño que ninguno reconoce como propio.
Estructurada en capítulos que llevan por título un color —del Rojo al Negro, del Oro al Tornasol—, la obra construye un mapa emocional donde cada tono corresponde a un estado del ánimo, y lo hace desde una advertencia explícita: antes de juzgar, conviene conocer las dos versiones. Alrededor de Nacho se despliega un elenco coral —el hermano que no ve colores pero se entiende con los niños, la amiga incondicional, el psicólogo peculiar, la enfermera, el adolescente experto en redes, la nueva pareja de Elena— que amplía el conflicto familiar hacia un retrato más amplio de la convivencia y sus violencias cotidianas.
Declarada obra de ficción y dedicada a todos los padres y todas las madres, la novela sostiene una tensión incómoda: no ofrece un culpable limpio ni una víctima ejemplar, sino la pregunta de si es posible desarmar el odio sin renunciar a la propia versión de los hechos. Su título anuncia la paradoja que la recorre entera: una paz construida sobre el rencor no deja de ser, todavía, una forma de guerra.
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