En un futuro remoto, el imperio teocrático de Abistán somete a sus habitantes a una fe totalitaria dictada por el Delegado Abi y vigilada por un Aparato omnipresente.
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En un futuro remoto, el imperio teocrático de Abistán somete a sus habitantes a una fe totalitaria dictada por el Delegado Abi y vigilada por un Aparato omnipresente. Ati, un antiguo enfermo de tuberculosis que regresa tras años de aislamiento en un sanatorio de montaña, inicia un viaje hacia su ciudad natal, Qodsabad, en el que un hallazgo arqueológico prohibido empieza a resquebrajar las certezas sobre la historia oficial del país.
Idioma
Español
El fin del mundo construye, a la manera de una distopía de raíz orwelliana, el universo cerrado de Abistán, una nación gobernada bajo el nombre único de un dios llamado Yölah y administrada por su Delegado en la tierra, Abi. La novela se abre con el regreso de Ati, convaleciente de tuberculosis, desde un sanatorio perdido en las montañas del Ouâ hasta la capital, Qodsabad, tras dos años de ausencia: uno postrado entre enfermos y peregrinos, otro recorriendo a pie las rutas reguladas del país. En ese trayecto conoce a Nas, un funcionario de los Archivos y las Memorias Santas que vuelve de examinar un yacimiento anterior a la Gran Guerra Santa, el Char, cuyo descubrimiento ha desatado inquietud entre los dignatarios de la Justa Fraternidad. A través de la mirada de Ati, el relato despliega la maquinaria de un Estado que ha sustituido la historia por el dogma: peregrinaciones obligatorias convertidas en pruebas de fe y de resistencia física, un enemigo innombrable que cambia de rostro según la época, un lenguaje oficial reescrito para borrar cualquier pasado anterior a la revelación de Abi, y una vigilancia que convierte la duda en herejía. La curiosidad de Ati por los relatos de los peregrinos y por los rumores de una frontera prohibida —la posibilidad misma de que exista algo fuera del territorio de la fe— siembra las primeras grietas en un orden que se presenta como eterno e incuestionable. Con un pulso narrativo pausado y una prosa densa en detalle ritual y burocrático, la obra construye menos una intriga de acción que un retrato minucioso de cómo se fabrica y se sostiene una verdad absoluta, y de lo que cuesta empezar a mirarla desde fuera.