El testimonio de una médica colombiana que, como gineco-obstetra de Médicos Sin Fronteras, vivió más de trescientos días en Afganistán entre 2002 y 2003.
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El testimonio de una médica colombiana que, como gineco-obstetra de Médicos Sin Fronteras, vivió más de trescientos días en Afganistán entre 2002 y 2003. A través de sus apuntes personales y fotografías, ofrece una visión íntima de un país devastado por la guerra, lejos de las narrativas políticas occidentales. Un relato que expone la cotidianidad de la gente, sus rituales, sus estrategias de supervivencia y la gravedad sanitaria de un territorio donde la mortalidad materna alcanzaba cifras desgarradoras.
Entre septiembre de 2002 y julio de 2003, una joven médica colombiana residió en Kabul como parte de una misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras. Su encargo era coordinar la reconstrucción y puesta en marcha de servicios de maternidad en dos clínicas rurales de Afganistán. Lo que comenzó como una misión médica se transformó en un registro minucioso, humano y sin filtros de la vida cotidiana en un país desgarrado por décadas de conflicto.
Sus observaciones van mucho más allá de lo que suelen relatar los corresponsales de guerra. Describe la ciudad de Kabul como un lugar donde la arquitectura misma lleva cicatrices de metralletas, donde los aviones aterrizan en picada esquivando amenazas invisibles, y donde la supervivencia es el acto primario de cada jornada. Pero también documenta momentos de belleza: los rosales que florecen en jardines grises de polvo, las diferentes etnias que habitan el país con sus rasgos, costumbres y coloridos, los rituales de comida en la casa de MSF, la generosidad de los cocineros locales.
El relato ofrece un contraste permanente entre la visión maniquea del periodismo occidental y la realidad textural de las personas que viven entre bombardeos, restricciones de toque de queda y limitaciones severas de movimiento. Los afganos, descritos por algunos expatriados como hipócritas, sobreviven mediante una adaptabilidad que la autora reconoce como genuino ingenio.
El texto documenta también la crisis humanitaria más silenciosa: una tasa de mortalidad materna que era la más alta del mundo, donde una de cada sesenta mujeres moría en el parto. Historias de pacientes, intervenciones médicas, y las dificultades para convencer a una población aterrada de acudir al hospital. Este es un relato que solo pudo escribir una mujer: minucioso, sensorial, afectivamente poroso.
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