«31 de Febrero» es una novela de Brenda Ponce Lizaola que arranca con una muerte anunciada por un monitor a las 7:07 de la mañana y se despliega hacia atrás, hasta el hombre que no estuvo ahí.
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«31 de Febrero» es una novela de Brenda Ponce Lizaola que arranca con una muerte anunciada por un monitor a las 7:07 de la mañana y se despliega hacia atrás, hasta el hombre que no estuvo ahí. Entre un pueblo lluvioso llamado Andrews, una carta pendiente de entregar y una relación que se sostuvo en promesas imposibles, el libro indaga en el duelo, en las despedidas que llegan tarde y en la idea de que el amor también puede tener fecha de caducidad.
El primer día de 2022, en una habitación de hospital donde nadie se atreve a mirar el reloj, una mujer se despide en silencio. Llegó por una contusión aparentemente menor; se va sin recuperar la voz, rodeada de su prima, sus amigas y un collar en forma de rosa dorada que resbala de la cama en el instante exacto en que el monitor deja de marcar. Los médicos hablan de una causa clínica, pero el relato sugiere otra: un pasado que la acompañó, callado y persistente, hasta el último día. Antes de salir de la habitación, su prima hace una promesa que pone en marcha toda la novela: encontrar al hombre que debió estar allí y entregarle una carta.
Ese hombre es Alexander Collins. Tiene treinta y un años, un Dodge Spirit que se niega a arrancar en mitad de la carretera, deudas acumuladas y un par de zapatos que decide abandonar junto a un contenedor de basura mientras corre descalzo bajo la tormenta. Vive en un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce y casi nadie se soporta: su padre, Richard, cuya afasia de Broca ha reducido la conversación a un código de ojos abiertos y ojos cerrados; su hermana Mary, capaz de despertarlo a bofetadas verbales; Luisa, el ama de llaves que lleva tres décadas en la casa y guarda secretos bajo llave junto al tequila. Alexander sueña con la música y trabaja en lo que no ama, y su mal carácter funciona sobre todo como una forma torpe de tapar lo que no quiere revisar.
La novela avanza por dos cauces que se van estrechando. En el presente, una oferta demasiado conveniente —un servicio comunitario, un contacto en Berklee, una botella dejada en la puerta con una tarjeta y una cita a mediodía— obliga a Alexander a preguntarse quién, de todo su pasado, sigue pensando en él. En los capítulos que se abren en primera persona, aparece ella: una relación clandestina, vigilada por hombres a los que conviene no nombrar, sostenida por contratos, escondites que se agotan y una promesa de no marcharse jamás sin decir adiós. De ahí sale el título. Cuando él le dice que el día que se vaya será 31 de febrero, ambos saben que están nombrando una fecha que no existe.
Brenda Ponce Lizaola construye un relato de duelo y de segundas versiones de uno mismo, escrito con humor áspero en las escenas domésticas y con una ternura sin adornos en las de memoria. Las canciones que acompañan algunos capítulos —enlazadas en una lista de reproducción— funcionan como marcadores emocionales más que como decorado: recuerdan dónde estuvo cada personaje para que se note cuánto ha cambiado. Es una historia sobre querer mucho y ser querido poco, sobre irse a tiempo, y sobre lo que cuesta descubrir que la despedida que más dolió fue también la más necesaria.