Un almanaque lingüístico que reparte trescientos sesenta y cinco dichos, refranes y modismos ingleses a razón de uno por jornada, cada cual acompañado de su equivalente español, de una traducción literal deliberadamente desconcertante y de…
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Un almanaque lingüístico que reparte trescientos sesenta y cinco dichos, refranes y modismos ingleses a razón de uno por jornada, cada cual acompañado de su equivalente español, de una traducción literal deliberadamente desconcertante y de la pequeña historia que explica por qué se dice lo que se dice. Escrito por Guy Williams para Vaughan Systems, con ilustraciones de Alberto Sastre, el libro convierte la fraseología en un recorrido por talleres de herreros, cubiertas de barcos de madera, ferias de condado, campos de prisioneros y despachos sepultados en cinta roja. Su apuesta es sencilla: una expresión se retiene mucho mejor cuando se conoce el episodio que la engendró.
El punto de partida de este libro es una experiencia personal contada sin solemnidad en la introducción: la de alguien que llega a España sin entender una palabra, se estrella una y otra vez contra los manuales de gramática y descubre por casualidad, en un viejo refranero, la puerta que le faltaba. La lengua deja de ser entonces un sistema de reglas y pasa a ser un depósito de historias compartidas. De esa constatación nace el propósito inverso que sostiene la obra: ofrecer a los hispanohablantes, frente al inglés, el mismo atajo que su autor encontró frente al español.
La estructura es la de un calendario. Trescientos sesenta y cinco entradas, una por día del año, cada una organizada siempre igual: el equivalente castellano en cabeza, la expresión inglesa a continuación, la traducción palabra por palabra —que suele resultar cómica o directamente absurda—, un puñado de vocabulario clave con su correspondencia y, por último, un breve relato que reconstruye el origen del giro. Ese esqueleto fijo permite abrir el libro por cualquier página sin perder el hilo, y hace visible de un vistazo la distancia que separa lo que una frase dice de lo que una frase significa.
Las explicaciones son el verdadero motor. La línea de muerte pintada en el suelo de los campos de prisioneros de la Guerra Civil estadounidense, con francotiradores en las esquinas, para llegar hasta el plazo de cierre de un periódico. El diablo que no es el demonio, sino la costura entre las tablas del casco que un marinero debía calafatear colgado sobre el mar. El pulgar del cervecero inglés midiendo la temperatura antes de añadir la levadura, cuando no existían termómetros. Los premios trucados de las ferias de condado, donde casi nadie se llevaba el puro. El impuesto vikingo que se pagaba, literalmente, para conservar la nariz. Los aprendices condenados a sostener la vela mientras el artesano trabajaba. El arenque ahumado cuyo olor bastaba para despistar a una jauría entera. Cada capítulo funciona como una cápsula de historia, de oficios desaparecidos, de navegación, de guerra, de superstición meteorológica o de picaresca comercial.
El repertorio es deliberadamente amplio y desigual en registro. Conviven proverbios de manual con expresiones de oficina, giros marineros con jerga militar, sentencias shakesperianas con frases hechas de película, dichos que rozan lo procaz con máximas que se recitan a los niños antes de dormir. Aparecen también las variantes ortográficas y culturales entre el inglés británico y el estadounidense, y no faltan los apuntes de contexto histórico o político que sitúan una frase en su momento exacto, desde la retórica presidencial hasta las campañas publicitarias que fabricaron un modismo de la nada.
El propio autor advierte contra la tentación de devorarlo: los modismos, dice, dan empacho si se engullen de golpe. De ahí la forma de calendario y la dosis diaria recomendada. El libro se cierra con un apartado de vocabulario que recoge lo aprendido por el camino. Más que un diccionario de consulta, funciona como una rutina: un año de lecturas mínimas al término del cual el lector no solo dispone de trescientos sesenta y cinco expresiones, sino de trescientos sesenta y cinco motivos para no olvidarlas.
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