Memorias de infancia en el Dublín obrero de los años sesenta, contadas por el dramaturgo Peter Sheridan desde la casa familiar del número 44 de Seville Place, donde la llegada de un televisor abre la primera grieta hacia el mundo exterior.
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Memorias de infancia en el Dublín obrero de los años sesenta, contadas por el dramaturgo Peter Sheridan desde la casa familiar del número 44 de Seville Place, donde la llegada de un televisor abre la primera grieta hacia el mundo exterior.
Faltan treinta minutos para la medianoche de fin de año de 1959 y la nieve cubre las calles estrechas de Dublín. Sobre el tejado de una casa del barrio portuario, un niño se aferra al mástil helado de una antena recién instalada mientras su padre, desde abajo, le grita que la gire hacia Inglaterra. El gesto es mínimo y doméstico —un ajuste de metal contra el viento— pero funciona como el umbral de todo lo que vendrá: por ese cable entrarán en la cocina familiar imágenes de un lugar que hasta entonces solo existía como rumor.
El narrador tiene ocho años y una lealtad absoluta hacia su ciudad. Antes de subir al tejado ha hecho un recado que resume el mundo en el que crece: llevar en bicicleta un anuncio de alquiler a la redacción de un periódico, tachar palabras para abaratar la inserción, negociar con una empleada que lo mira con sorna cuando presume de “todos los adelantos modernos” en una casa donde la bañera todavía no está conectada. Entre el trayecto de ida y el de vuelta caben la confitería del barrio, el cálculo de una moneda escondida bajo el sillín y la certeza infantil de haber cometido un error irreparable.
Alrededor de él se mueve una casa llena. Un padre metódico y voluntarioso, obsesionado con los sistemas —reglas de apuestas subrayadas en tinta roja, letreros clavados en la pared, escaleras cuidadas como si fueran seres vivos—, que trabaja en la taquilla de una estación y en el canódromo, y que reina en el tejado con ropa remendada hasta lo inverosímil. Una madre que sirve el té con un ritual propio y que reparte silencios y preferencias. Un hermano mayor que siempre sabe primero las cosas, una hermana pequeña y sensible a la que atribuyen el don de anticipar lo que va a ocurrir, un niño que canta sin parar, otro que aún pelea con las palabras. Y un tío incapaz de terminar una frase sin desarmarse de risa.
A partir de esa nochevieja, la crónica se abre hacia la década siguiente. La adolescencia trae consigo el descubrimiento del deseo, la música que cambia el pulso de una generación, las drogas, los ecos del conflicto que empieza a encenderse en el norte y, por encima de todo, el poder de seducción del teatro, que acabará marcando el rumbo del narrador y de sus hermanos.
El resultado es un retrato escrito con humor generoso, ternura sin azúcar e ingenio afilado, donde lo cómico y lo doloroso comparten la misma habitación. La casa, la calle y la ciudad funcionan como personajes: se recuerdan sus olores, sus tiendas, sus curas de barrio, sus borrachos cantando en un balcón. Más que una autobiografía convencional, es la reconstrucción de una tribu doméstica —excéntrica, inteligente y afectuosa— en el momento exacto en que el mundo entero empezó a colarse por el techo.
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