En una habitación desvencijada de un edificio vaciado, un hombre despierta entre botellas vacías y polvo acumulado. Su perro lo advierte: alguien se acerca.
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En una habitación desvencijada de un edificio vaciado, un hombre despierta entre botellas vacías y polvo acumulado. Su perro lo advierte: alguien se acerca. Lo que sigue es una fuga desesperada a través de salones elegantes y pasillos oscuros a bordo de una moto que es su última compañera de confianza. Sus perseguidores, organizados y despiadados, cierran el cerco en un edificio donde el lujo pretérito contrasta con la devastación presente.
Un hombre y su perro despiertan en un refugio temporal en los restos de un gran edificio que fue sede del poder. La habitación es un testimonio de la ruina: botellas vacías en las alfombras polvorienta, muebles valiosos convertidos en escombros, ventanas tabicadas que mantienen la penumbra. El sonido que lo despierta no es inocuo; sus perseguidores han descubierto su paradero.
Encerrado en un laberinto arquitectónico de salones de pintura, antecámaras ricamente decoradas y pasillos que atraviesan alas enteras, el fugitivo depende de su moto, una Matchless de antes de la guerra, y del profundo conocimiento del lugar que ha adquirido durante su estancia. Los perseguidores, uniformados de negro, portan armas de fuego y actúan con la coordinación de quienes tienen órdenes precisas: capturarlo vivo. Su jefe, un personaje llamado Hubble, lo quiere vivo por razones que el protagonista conoce bien pero rechaza con toda su alma.
La fuga es un ballet de acción y destreza. Entre cuadros de maestros europeos y espejos de marco dorado, entre chimeneas de mármol blanco y cortinas de terciopelo, el hombre conduce su moto a velocidades suicidas, utilizando el terreno familiar como arma defensiva. Cada esquina, cada escalera, cada vestíbulo es un movimiento calculado en un juego mortal donde la velocidad y el conocimiento del terreno son sus únicas ventajas.
La ciudad fuera del edificio está devastada. Los globos dirigibles de una barrera aérea permanecen inmóviles en el cielo. Las estatuas de piedra inclinan la cabeza avergonzadas. Las avenidas están vacías de vida. En este mundo donde los que quedan son o locos o supervivientes, este hombre parece haber encontrado su lugar.