Una serie de relatos brevísimos construidos como trampas: cada uno plantea con calma una situación reconocible —un noviazgo de hospital, una casa junto al mar, una lata sin etiqueta comprada por diez centavos, un descenso a ciegas por una…
Descargar
Una serie de relatos brevísimos construidos como trampas: cada uno plantea con calma una situación reconocible —un noviazgo de hospital, una casa junto al mar, una lata sin etiqueta comprada por diez centavos, un descenso a ciegas por una cuerda— y la cierra en el último párrafo con una revelación que reordena de golpe todo lo leído. Terror, ciencia ficción, humor negro y crónica cruel comparten aquí un mismo mecanismo de relojería: la frase final no remata la historia, la reescribe.
Este volumen reúne piezas de extensión mínima que apuestan todo a un solo golpe de efecto. El procedimiento se repite con disciplina casi artesanal: una voz narradora sobria, sin adornos ni sobresaltos, describe una circunstancia perfectamente verosímil —un astrónomo solitario obsesionado con las señales de radio de Júpiter, una divorciada que se refugia en una clínica privada para huir del cariño ajeno, un heredero que compra una casa frente a una playa desierta, un fabricante de velas arruinado por la llegada de la bombilla eléctrica— y la sostiene el tiempo justo para que el lector se acomode. Entonces llega el párrafo final, que no añade información sino que cambia el significado de todo lo anterior.
El catálogo de escenarios es deliberadamente disparejo, y esa dispersión es parte del efecto: hay ciencia ficción de observatorio, aventura africana con expediciones y arenas movedizas, una prisión ártica de hielo y escorbuto, un pasillo de hospital camino al quirófano, una carretera nocturna con luna llena y radio encendida, un taller del sur de Italia a fines del siglo XIX. Nunca se sabe si el relato siguiente será fantástico, criminal o apenas un juego de perspectiva; esa incertidumbre mantiene al lector desarmado justo donde el libro lo necesita.
Bajo la variedad late un puñado de obsesiones constantes. La belleza aparece una y otra vez como cebo, y casi siempre cobra un precio. El apetito —comer, beber, alimentarse de otro— recorre el conjunto en sus formas más literales y más incómodas. Varias piezas juegan con la escala y el punto de vista: describen un mundo entero, con sus especies, sus guerras y sus catástrofes, para revelar después dónde estaba realmente situada la cámara. Y en algunas el suspenso ni siquiera necesita monstruo: basta el encierro, la oscuridad y la certeza lenta de haber entendido mal la propia situación.
El estilo es funcional y económico. Los personajes se presentan en dos trazos —un oficio, una vanidad, una ambición— porque lo que interesa no es su psicología sino la posición exacta que ocupan en el mecanismo. Los diálogos son escasos y suelen aparecer en el momento en que la trampa se cierra. No hay moraleja explícita, aunque muchos desenlaces funcionan como castigo silencioso: el traidor, el codicioso, el vanidoso y el aprovechado reciben una respuesta desproporcionada y perfectamente lógica dentro de las reglas del relato.
Es un libro pensado para leerse de a poco y en desorden, en trayectos cortos o antes de dormir, con la satisfacción particular de la historia que cabe en cinco minutos y se queda dando vueltas mucho más tiempo. Interesará a quien disfrute del cuento con giro final, del terror sugerido antes que explícito y de esa tradición de relatos breves y macabros que confían menos en la sangre que en la sospecha de que la última línea vuelve obligatoria una segunda lectura.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.