A través de una larga conversación, el geólogo peruano Carlos del Solar repasa medio siglo de trabajo en la industria de los hidrocarburos: de las trochas abiertas a machete en la selva del Huallaga y el río Santiago a las gerencias…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
A través de una larga conversación, el geólogo peruano Carlos del Solar repasa medio siglo de trabajo en la industria de los hidrocarburos: de las trochas abiertas a machete en la selva del Huallaga y el río Santiago a las gerencias corporativas en California, Kuala Lumpur y Maracaibo, y de vuelta al Perú para discutir, sin rodeos, por qué un país con recursos dejó de explorarlos.
Este libro es una historia de vida contada en forma de entrevista, y también un diagnóstico. Su protagonista, Carlos del Solar, se hizo geólogo casi por herencia —su padre lo era y lo llevaba de niño a Talara— y entró a San Marcos a los dieciséis años, en plena pugna entre apristas y comunistas, a tiempo para correr detrás del automóvil de Richard Nixon por el jirón Azángaro y conocer, de primera mano, los gases lacrimógenos. De ahí a una beca en Stanford, y de Stanford a la selva: aviones DC-3 sin cabina presurizada que cruzaban la cordillera con manguera de oxígeno, balsas amarradas a la muñeca para bajar rápidos, cajones de cincuenta kilos cargados con vinchas, arroz con paiche seco para los obreros y latas de atún para los geólogos. El instrumental cabía en tres objetos: brújula, lupa y picota.
El relato tiene su episodio central en una quebrada de la Cordillera del Cóndor, en mayo de 1965, cuando una shushupe de dos metros muerde a su asistente y comienzan casi cuarenta horas de traslado a hombros, en canoa y de noche, hasta una guarnición militar en la confluencia del Santiago con el Marañón. La escena, contada sin épica y con detalles que incomodan —el torniquete, el corte, los remedios empíricos—, funciona como emblema de una profesión que el propio narrador describe como sacrificada y, sobre todo, aleatoria: de cada cien pozos exploratorios en el mundo, apenas veinte tienen éxito, y no hay manera de saberlo sin perforar. Todo lo demás, dice, son herramientas para reducir el riesgo.
La segunda mitad del recorrido es corporativa y geográfica. Veintidós años en Occidental Petroleum lo llevan de Lima a Bakersfield, de Bakersfield a Kuala Lumpur —donde un trozo de jamón guardado en la refrigeradora de la oficina desata un conflicto cultural que termina con el electrodoméstico en la basura—, y de Malasia a Maracaibo, donde eleva la producción de un campo marginal de cinco mil a treinta y cinco mil barriles diarios. Sale de Venezuela en noviembre de 1998, en plena campaña electoral, tras despedirse de un directivo de PDVSA que le confía su presentimiento de exilio. La conversación no oculta el motivo original de la partida: en los años ochenta, dice, no había trabajo ni futuro, y la green card llegó en un año.
Sobre ese material biográfico se monta la parte argumentativa, y el libro no disimula su posición. Los capítulos avanzan hacia la caída de la producción petrolera peruana, la demora de tres décadas en poner Camisea en marcha, el canon, la refinería de Talara, la garantía de red principal y una ley de Consulta Previa que el narrador considera innecesaria porque, sostiene, la industria moderna ya consultaba a las comunidades de su área de influencia. El prólogo de Luis Carranza Ugarte ordena esas ideas en tres reflexiones —treinta años perdidos, amnesia colectiva y fuga de capital humano— y añade lo que llama la única omisión del autor: su papel en sacar adelante Camisea. Lector prevenido: es un testimonio de parte, escrito desde dentro del sector y con sus preferencias a la vista. Su valor está justamente ahí, en la voz de alguien que estuvo en la trocha, en la sala de directorio y en la mesa de negociación con el Estado, y que se toma el trabajo de explicar —con paciencia de profesor— cómo se genera el petróleo, por qué no está en lagos subterráneos y qué significa realmente que un territorio sin valor pase a tenerlo.