A punto de cumplir los cincuenta y recién salido de un cáncer, Pau Donés reúne aquí una serie de textos breves —ni biografía ni manual— en los que repasa su vida y ordena en voz alta lo que piensa.
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A punto de cumplir los cincuenta y recién salido de un cáncer, Pau Donés reúne aquí una serie de textos breves —ni biografía ni manual— en los que repasa su vida y ordena en voz alta lo que piensa. De la infancia en Barcelona a la muerte de su madre, del nacimiento de Jarabe de Palo a la paternidad, del elogio del fracaso al valor de un abrazo, el músico escribe como habla: sin intermediarios, con humor y sin pelos en la lengua. Un libro de pensamientos caóticamente ordenados que puede leerse en cualquier orden, salpicado de canciones propias.
Hay quien llega a los cincuenta haciendo balance y quien llega dispuesto a contarlo sin filtro. Este libro pertenece claramente al segundo grupo. Su autor, músico de oficio y disléxico confeso, admite desde la primera página que escribir un ensayo es uno más de los tópicos en los que acaban cayendo los de su gremio, y aun así se lanza: no por crisis de edad, ni por la enfermedad recién atravesada, sino porque ahora tiene el tiempo y las ganas.
El resultado es una colección de capítulos independientes, escritos —lo advierte él mismo— siempre desde la euforia o desde la melancolía, nunca con el encefalograma plano. No hay una tesis que defender ni una doctrina que predicar; hay una voz reconocible que se sienta a conversar. El lector puede entrar por donde quiera, saltar de un episodio a otro y seguir el hilo emocional en lugar del cronológico.
El primer bloque funciona como un repaso vital por décadas. La niñez en un Barcelona de los sesenta, con un chaval al que llamaban tonto y movido y al que solo calmaba el tocadiscos de maleta de su madre. La adolescencia truncada de golpe cuando ella se suicida, una semana después de que él cumpliera dieciséis años: el pasaje más duro del libro y también el más luminoso, porque de ahí nace la certeza de que la vida no se deja pasar. La veintena de excesos alegres y una licenciatura en Económicas cursada para contentar al padre. La treintena, en la que confluyen los dos hechos que lo cambian todo: la grabación del primer disco y el nacimiento de una hija. Y la cuarentena, que reivindica como la mejor etapa, aquella en la que por fin deja de mirar el cuentakilómetros para mirar el paisaje, hasta que el diagnóstico del cáncer aparece casi al final del trayecto.
A partir de ahí, los capítulos se abren a temas sueltos. El poder curativo del afecto, contado a través de dos encuentros mínimos e inolvidables: una señora que lo aborda en plena calle y un joven tatuado en la sala de quimioterapia. La defensa del fracaso como método, en una sociedad que solo premia ganar y que deja poco sitio a quienes prefieren enredar con lo que les gusta. La importancia del beso, sin distinción entre amigos, hijos o amantes. Y la sospecha de que vivimos en un mundo donde ya no está permitido estar triste.
Entre los textos aparecen letras de canciones que dialogan con lo narrado y funcionan como pausas: una carta a la hija, la crónica de una vida vivida demasiado deprisa, la confesión de quien sabe que hizo mal algunas cosas. Un prólogo firmado por un neurólogo enmarca todo el conjunto con una idea sugerente: que ciertos cerebros están cableados para explorar, para salirse del camino trazado, y que de esa inquietud nacen las canciones que después acompañan a otros toda la vida.
Lo que queda al cerrarlo no es la crónica de una carrera musical ni un testimonio de enfermedad, sino algo más modesto y más difícil: el retrato de alguien que ha decidido dedicar el tiempo que le quede solo a lo que merece la pena, y que lo cuenta con gratitud, con guasa y sin ninguna intención de dar lecciones.