El crítico argentino Leonardo D'Espósito propone medio centenar de películas como antídoto contra la tristeza, la rutina y el desánimo. A medio camino entre el ensayo cinéfilo y el botiquín doméstico, el libro reúne títulos que buscan la…
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El crítico argentino Leonardo D'Espósito propone medio centenar de películas como antídoto contra la tristeza, la rutina y el desánimo. A medio camino entre el ensayo cinéfilo y el botiquín doméstico, el libro reúne títulos que buscan la alegría del espectador, que reflexionan sobre la felicidad o que fueron rodados en pleno estado de entusiasmo, y los ordena en cinco territorios: la infancia, la aventura, la comicidad, la música y la vida en grupo. Cada capítulo funciona como una monografía breve que cierra con una receta de uso —cuándo conviene ver ese film— y con sugerencias de discos, cómics, libros o películas para prolongar la experiencia.
Hay objetos, canciones y películas que funcionan como amuletos: basta volver a ellos para que regrese un estado de ánimo que creíamos perdido. De esa intuición parte 50 películas para ser feliz, el tercer volumen de divulgación cinéfila de Leonardo D’Espósito, publicado por Paidós en 2016 con ilustraciones de Gustavo Macri.
El punto de partida es una idea deliberadamente modesta: la felicidad no es un estado permanente sino un instante que puede irrumpir en cualquier momento, incluso en los peores días, y que además puede convocarse. A partir de ahí, el autor construye una defensa razonada del Final Feliz, tan arbitrario y tan artificial como el trágico, pero mucho peor considerado por la crítica. Su argumento es formal antes que sentimental: un desenlace luminoso solo conmueve cuando está construido con paciencia, cuando la posibilidad del fracaso permanece viva hasta el último plano y cuando el relato no traiciona sus propias reglas. Una exageración de más y el consuelo se vuelve condescendencia. En ese razonamiento conviven referencias tan distantes como Tolkien, que veía en el cuento de hadas una promesa de esperanza y consuelo, y Nabokov, para quien toda gran novela es, en el fondo, un cuento de hadas.
El corpus se reparte en tres familias que a veces se superponen: films pensados para que el público salga contento de la sala, films cuyo tema explícito es la búsqueda de la felicidad y films rodados en tal estado de plenitud que el entusiasmo del equipo termina contagiándose a la platea. La selección es abiertamente personal y mezcla clásicos indiscutidos con rarezas: del universo de juguetes de Toy Story al bosque sintoísta de Mi vecino Totoro, del cine iraní de Jafar Panahi a Amarcord, Notting Hill, The Blues Brothers, Los Muppets o El ciudadano, con un bonus track confesadamente irregular en lo técnico pero irresistible para el autor. Los capítulos alternan análisis formal —el plano subjetivo que abre Toy Story, la lógica de escala entre juguetes y humanos, la razón por la que el dibujo animado es la única forma posible para Totoro— con lecturas culturales que emparentan a Buzz Lightyear con Don Quijote o rastrean a Lewis Carroll en el tronco del alcanforero.
El libro admite dos lecturas. Leído de corrido, dibuja una arquitectura que va de la infancia al grupo humano, ese pentágono de la felicidad que el autor propone como mapa. Leído al azar, capítulo por capítulo, funciona como un recetario: cada texto termina indicando contra qué malestar conviene aplicar la película y con qué compañías ampliarla. D’Espósito insiste en que no ofrece verdades reveladas sino opiniones discutibles, e invita al lector a anotar sus propias reacciones en los márgenes, a sustituir títulos y a completar la lista. La crítica, viene a decir, es un juego que se juega de a dos; y jugar, como el cine, es una de las maneras más confiables de ser feliz un rato.
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