Un epidemiólogo obtiene permiso para estudiar a las religiosas de la Escuela de las Hermanas de Notre Dame y convierte esa convivencia en una investigación de largo aliento sobre el envejecimiento y la enfermedad de Alzheimer.
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Un epidemiólogo obtiene permiso para estudiar a las religiosas de la Escuela de las Hermanas de Notre Dame y convierte esa convivencia en una investigación de largo aliento sobre el envejecimiento y la enfermedad de Alzheimer. Entre pruebas de memoria, conventos y biografías de mujeres que enseñaron durante décadas, el libro combina el rigor del método científico con el retrato íntimo de quienes envejecen con lucidez, y de quienes no.
La obra arranca con una imagen de infancia: una furgoneta cargada de monjas atravesando el sur de California bajo los vientos de Santa Ana, y un niño de cinco años en el maletero que descubre, mirando a los coches vecinos, que aquellas mujeres pertenecen a un mundo aparte. Décadas más tarde, ese niño se ha convertido en epidemiólogo y su oficio consiste, precisamente, en investigar ese mundo, en busca de respuestas sobre uno de los territorios más resistentes que ha abordado la ciencia: la enfermedad de Alzheimer.
El relato reconstruye el origen del proyecto. En la primavera de 1986, en una sala de visitas de un convento de Minnesota, el investigador expone su propuesta a la superiora de una de las mayores congregaciones católicas del estado. La razón científica es clara: las comunidades religiosas conservan archivos minuciosos y sus miembros comparten hábitos, trabajo, ingresos y asistencia sanitaria durante casi toda la vida, lo que reduce las variables que confunden los datos. Pero la aprobación llega con una condición que atraviesa todo el libro: no tratarlas como sujetos de investigación, sino conocerlas como personas. Esa exigencia desplaza el punto de vista del texto y explica su forma híbrida, a medio camino entre el informe de campo y la crónica de amistad.
El núcleo emotivo lo aporta el seguimiento de una hermana a la que el autor conoce en un convento de Wisconsin: costurera recién retirada, de humor sardónico y acento alemán, que le guarda cerveza en la nevera de su habitación y se ocupa de que no se pierda el horario de misa. A lo largo de tres evaluaciones anuales, las mismas diez palabras de una prueba de memoria diferida van dibujando el avance de la enfermedad con una precisión desoladora, hasta la escena en que la mujer sonríe con afecto a su visitante y le pregunta quién es. El libro no dramatiza ese descenso: lo registra, y deja que la transcripción de las pruebas hable por sí sola.
Alrededor de ese caso se despliega el retrato coral de la comunidad. Están la historia de la congregación, fundada en Baviera en 1833 y expandida por Estados Unidos con las oleadas migratorias del siglo XIX; la rutina de los conventos, con sus partidas de cartas nocturnas, los tableros de intenciones junto a la capilla y las hermanas que se orientan gracias a un hilo de color atado al picaporte; y las figuras individuales que el autor va conociendo: la que dio clases treinta y ocho años faltando solo dos, la que a los setenta y nueve recorre a pie un pueblo empinado para visitar enfermos, las hermanas biológicas reunidas al fin en el retiro. También hay espacio para la formación del propio investigador, que atribuye su vocación epidemiológica a la cría de gallinas en el patio trasero de su casa: llevar registros, prevenir antes que curar, entender la salud como un continuo.
De ese cruce entre datos y convivencia surge la pregunta que sostiene la obra: por qué algunas mujeres que han llevado vidas casi idénticas conservan sus facultades hasta los noventa o los cien años, mientras otras se repliegan hasta desaparecer del mundo que las rodea. El libro sugiere que envejecer es inevitable pero que el Alzheimer quizá no lo sea, y propone la vejez como una etapa de promesa y transmisión antes que de temor. Su conclusión, formulada a partir de cientos de historias, invierte el viejo verso generacional: no morir antes de envejecer, sino envejecer antes de morir, conservando el mayor tiempo posible la memoria y la capacidad de reconocer a quienes se quiere.
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