Un señor de la noche despierta de un sueño de siglos dentro de un ataúd de mármol y descubre que sus tierras han sido sepultadas bajo el asfalto, los semáforos y los edificios rectangulares de una ciudad moderna.
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Un señor de la noche despierta de un sueño de siglos dentro de un ataúd de mármol y descubre que sus tierras han sido sepultadas bajo el asfalto, los semáforos y los edificios rectangulares de una ciudad moderna. Mientras Alex intenta reconocer un mundo que ya no le pertenece, cruza el camino de Anne, una joven fascinada por la arqueología, y de un hallazgo inquietante: unas copas rituales de piedra negra cubiertas de símbolos que nadie ha logrado descifrar. "7 copas" combina romance paranormal, intriga esotérica y escenas eróticas explícitas en una historia donde el deseo y la maldición comparten el mismo cáliz.
El despertar llega sin aviso. Alex abre los ojos dentro de un sarcófago de mármol blanco, con la memoria en jirones y el cuerpo intacto, y descubre que el tiempo ha hecho con sus dominios algo peor que olvidarlos: los ha cubierto. Donde antes se extendían sus tierras se alzan ahora torres anodinas; por las calles circulan carros de metal sin caballos y multitudes que se detienen y avanzan al capricho de una luz que cambia de color. Sus amantes no acuden a su llamada mental. Nadie le rinde cuentas. El señor de estas tierras se ha convertido, sin saberlo, en un desconocido más entre la marea humana.
Esa misma noche, Anne vuelve a casa por un atajo mal iluminado y comete el error de creerse a salvo. La agresión que sigue —brutal, interrumpida in extremis— la deja con la ropa rota, una denuncia pendiente y un recuerdo que su razón se niega a admitir: el de un hombre de ojos grises levitando en la oscuridad con sus atacantes colgando de los brazos. Cuando despierta en un banco de piedra, rodeada de vecinos solícitos, prefiere atribuirlo al agotamiento. Pero el desconocido está allí, mirándola con una dulzura que no encaja con nada de lo que acaba de ver.
A partir de ese encuentro, la novela entrelaza dos hilos que tardan en reconocerse como uno solo. Por un lado, la atracción entre Anne y Alex, alimentada por el magnetismo de él y por la curiosidad insaciable de ella, y complicada por Nika —amiga inseparable, culpable de una tardanza que no puede perdonarse— y por los jóvenes arqueólogos que orbitan alrededor del grupo. Por otro, el yacimiento: unas copas ornamentadas en piedra negra, densas de signos ilegibles, que empiezan a salir de la tierra como si algo hubiera decidido que era el momento de que salieran. Un códice, unos caracteres antiguos, una invocación, una ciudad al otro lado del umbral. Siete copas de ritual y una condena social que persigue a Alex desde un siglo que ya no existe.
El relato avanza por capítulos breves y sensoriales, alternando la vida cotidiana de una ciudad costera —el yodo en el aire, las castañas asadas, la biblioteca recién remodelada— con episodios de violencia sobrenatural y con un erotismo explícito que la autora no dosifica ni disfraza: el vino sobre la piel, el encaje, la piel áspera de una barba de un día. Los triángulos amorosos se tensan, las lealtades se reordenan y la pregunta que sostiene el conjunto va tomando forma: qué se despierta exactamente cuando alguien vuelve a llenar las copas.
D. Edelweiss Coen firma con “7 copas” una novela de vampiros contemporánea que apuesta por la mezcla —romance oscuro, misterio arqueológico y ficción erótica adulta— y por una prosa ornamentada, de adjetivo generoso, que busca menos la contención que el efecto. Obra dirigida a público adulto.