Crónica en primera persona del encierro de San Fermín, escrita desde dentro de la carrera. Un hijo recuerda la mañana en que su padre, enfermo, lo despertó a los quince años para bajar juntos la cuesta de Santo Domingo, y a partir de ese…
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Crónica en primera persona del encierro de San Fermín, escrita desde dentro de la carrera. Un hijo recuerda la mañana en que su padre, enfermo, lo despertó a los quince años para bajar juntos la cuesta de Santo Domingo, y a partir de ese rito iniciático reconstruye la geografía del miedo, la técnica y la hermandad de quienes corren delante de los toros en Pamplona.
A las seis de la mañana, una voz en el pasillo ordena levantarse y vestirse de limpio: hoy se corre el encierro. El narrador tiene quince años recién cumplidos y el hombre que lo despierta es su padre, que lleva dos años enfermo y quizá intuye que no habrá otra ocasión. Desde ese arranque, el libro avanza como una carrera: calles apresuradas antes del amanecer, el quiosco donde se compra el periódico que servirá de bandera y de amuleto, los cafés a medio terminar, el estómago cerrado, la plaza del Castillo poblada de borrachos, enamorados y madrugadores con los ojos poseídos de miedo.
El relato se organiza en siete capítulos —el miedo, la carrera, los forasteros, el toreo, la muerte, la retirada— más un epílogo pensado como manual de instrucciones para quien corre por primera vez. Su columna vertebral es la cuesta de Santo Domingo: doscientos ochenta metros estrechos y cuesta arriba donde los toros son más rápidos y los hombres más lentos, y donde el cántico a San Fermín funciona menos como canción que como cuenta atrás rezada. El autor explica ese tramo con precisión casi técnica —cómo se gana el terreno, por qué hay que correr antes de ver a los animales, qué significa perderle la cara al toro, cuál es el peligro del toro suelto en cabeza— y al mismo tiempo lo describe como quien se asoma a un reactor descontrolado: cuanto más te arrimas, más notas la radiación.
Alrededor de la experiencia propia se despliega una galería de retratos. Corredores veteranos convertidos en leyenda de barrio, un antiguo legionario que bromea a un minuto del cohete y sale del quirófano para comer con su cuadrilla, un experto en vinos de Nueva York que sobrevive a una cornada y, de rebote, a un accidente de aviación, un cooperante que vuelve cada año porque una noche prometió volver, un alpinista pamplonés que unió el toro y la montaña hasta que la montaña se lo quedó. También hay espacio para el padre a los dieciséis años, polizón en un camión, durmiendo en portales y desayunando las sobras de la noche anterior, y para el mito de Creta releído con humor como acta de nacimiento de la fiesta.
Lo que emerge no es una apología ni una denuncia, sino una anatomía: del miedo que aparece medio año antes y se acumula como un metal pesado, de la mandíbula que tiembla mientras se abotona la camisa, de la comunidad que se forma entre quienes comparten dos segundos de riesgo absoluto, y de la herencia que pasa de un padre a un hijo en una mañana concreta que los explica a los dos para siempre. Es, en el fondo, un libro sobre lo que se elige mirar de frente y sobre las promesas que se cumplen cada día de la vida.