Tras siete años juntos, Irina Jacksson y Neizan Strack se separaron sin que ninguno de los dos llegara a explicar del todo por qué. Un año después, ella intenta rehacerse entre el trabajo, las amigas y las citas que no acaban de…
Descargar
Tras siete años juntos, Irina Jacksson y Neizan Strack se separaron sin que ninguno de los dos llegara a explicar del todo por qué. Un año después, ella intenta rehacerse entre el trabajo, las amigas y las citas que no acaban de convencerla; él la vigila desde lejos, oculto bajo una gorra y atado a unas normas que no puede romper. Cuando una noche cualquiera termina en sangre y en dos falsos policías, la ruptura deja de parecer un desamor corriente: alguien ha estado protegiendo a Irina desde la sombra, y la verdad que Neizan no supo escribir en una carta empieza a alcanzarlos a los dos.
Hay rupturas que se explican y rupturas que se soportan. La de Irina Jacksson y Neizan Strack pertenece a las segundas: siete años de complicidad, deseo y respeto que un día se apagaron sin discusión final ni motivo declarado, dejando sólo una incógnita en el aire y una carta que nunca llegó a terminarse.
Un año después, Irina ha vuelto a casa de sus padres y ha aprendido a sonreír a horas fijas. Trabaja de cara al público, sale los sábados con sus compañeras, deja que Zaida decida por ella cuando le faltan fuerzas y responde “estoy bien” a quien pregunte. La versión oficial de su historia —esa que resume el fracaso en una frase cómoda sobre los hombres— le ha servido para avanzar, pero no para dormir: cada noche vuelve la misma pesadilla y la misma sospecha de haber sido ella el problema. Cuando por fin acepta una cita con Eloy, un cliente insistente y amable, la velada se rompe antes de empezar. Eloy desaparece de la mesa, aparece herido de una cuchillada, y dos hombres que dicen ser policías intentan llevarse a Irina en un aparcamiento vacío. La salva un disparo. La salva un desconocido de cazadora negra y ojos azules que se niega a dar su nombre y se marcha antes de que lleguen las sirenas.
Del otro lado de la ciudad, Neizan cuenta los días. Vive escondido, cambiado físicamente, rodeado de compañeros como Bili y Marcos que le empujan a beber, a bailar y a olvidar, y que sin embargo saben lo que él calla. Se ha impuesto una rutina que consiste en no aparecer: verla salir del trabajo a las nueve y media, cruzarse con ella sin que lo reconozca, mirarla de lejos y retirarse. Se repite que es lo mejor para ella. Bili, que conoce el precio de esa distancia, insiste en lo contrario: que hable, que confiese, que deje de mentir a los demás y sobre todo a sí mismo. Porque hay órdenes que Neizan obedece, gente que podría reconocerlo en cualquier cafetería, y un peligro que rodea a Irina sin que ella lo sepa.
La novela avanza alternando las dos voces, y ese contrapunto es su mecanismo: lo que a Irina le parece azar —una copa derramada en la pista, una sombra bajo la lluvia, un hombre que la observa y desaparece— el lector lo lee ya con nombre propio. La historia mezcla el relato íntimo del duelo amoroso con una trama de amenaza y ocultación que va estrechando el cerco hasta que ambos caminos se cruzan en una discoteca, entre música alta y decisiones tomadas a destiempo.
En el fondo late una sola pregunta, planteada desde la primera página y sostenida hasta la última: si nadie llegó a decir la verdad, ¿de qué sirvió el silencio? Y, sobre todo, ¿puede olvidarse de veras un amor verdadero cuando quien se fue nunca llegó a marcharse del todo?
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.