769 km es una novela de amor construida casi por completo con las palabras que dos desconocidos se cruzan a través de una pantalla. Coco, una lectora de dieciocho años refugiada en un pueblo costero, y Julen, un hostelero de veintiocho…
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769 km es una novela de amor construida casi por completo con las palabras que dos desconocidos se cruzan a través de una pantalla. Coco, una lectora de dieciocho años refugiada en un pueblo costero, y Julen, un hostelero de veintiocho instalado en Madrid, se encuentran por azar en internet y descubren en el otro una afinidad incómoda, de esas que obligan a mirarse por dentro. Firmada por Violeta Hache y presentada como una historia basada en hechos reales, la obra convierte la conversación en el único territorio posible del encuentro.
Todo empieza con una imagen: la Luna como metáfora de un cuarto de diez metros cuadrados lleno de libros, rosas secas e incienso. Allí vive Coco, una joven que escribe porque, según confiesa, sencillamente no sabe no escribir, y que una noche de invierno encuentra en ese territorio íntimo el rastro de otra persona que también deposita allí lo que no puede decir en voz alta. De ese hallazgo nace el primer mensaje, y de ese primer mensaje, todo lo demás.
Al otro lado está Julen, gallego afincado en Madrid, hombre de barras y horarios imposibles, que se define a sí mismo como alguien que ha vendido su alma de todas las formas posibles y que ha aprendido a fabricarse un personaje capaz de no sentir. Entre ambos median diez años de diferencia, dos ciudades y la cifra que da título al libro: la distancia que los separa y que, paradójicamente, es también lo que hace posible su franqueza.
La novela avanza en forma de diario compartido, fechado día a día, donde la conversación lo es todo: fotografías de un suelo del Gótico barcelonés, canciones intercambiadas a medianoche, refranes de una bisabuela gallega, palabras subrayadas en un diccionario, poemas ajenos que dicen lo que ellos aún no se atreven. En ese ir y venir se dibujan dos biografías a contraluz —una adolescencia de internados, casas de campo y veranos de huida; una vida adulta de barrios turbios, excesos y una sonrisa sostenida contra todo— y se despliega una discusión persistente sobre la máscara y la verdad, sobre si conviene inventarse un producto para que el mundo escuche o proteger el caos propio aunque nadie mire.
Más que una trama de acontecimientos, 769 km propone un retrato de la intimidad tal como se construye hoy: a deshoras, por escrito, con la fragilidad expuesta antes que el rostro. Hay humor y esgrima verbal, hay ternura y hay una corriente de fondo áspera —la ansiedad, la dependencia, la sospecha de que el tiempo se agota— que impide que el idilio se vuelva complaciente. El lector asiste al momento exacto en que dos personas deciden si quieren seguir conociéndose, sabiendo que hacerlo implica despertar de algo.
Escrito con una prosa breve, coloquial y de pulso poético, el libro se dirige a quienes reconocen en la escritura una forma de existir y en el anonimato una forma de amar. Su apuesta es sencilla y arriesgada a la vez: dejar que la historia se cuente sola, en las palabras crudas con que sucedió.