Un ingeniero en sistemas recopila noventa estampas breves de su paso por el soporte técnico de dos empresas —una farmacéutica y una productora de café— para mostrar cómo se ve el trabajo desde el lado de quien contesta el teléfono: cables…
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Un ingeniero en sistemas recopila noventa estampas breves de su paso por el soporte técnico de dos empresas —una farmacéutica y una productora de café— para mostrar cómo se ve el trabajo desde el lado de quien contesta el teléfono: cables atados con cinta bajo el escritorio, correos que nunca llevaron adjuntos, contraseñas mal escritas y usuarios convencidos de que informática puede reescribir la realidad.
«90 días como soporte técnico» reúne noventa anécdotas cortas, propias y de compañeros, ocurridas a lo largo de varios años de trabajo en dos empresas: primero una farmacéutica, donde el autor pasó del soporte al desarrollo de software y a la administración de bases de datos, y después una productora de café, donde asumió la administración de redes y servidores sin dejar nunca de atender llamadas. El conjunto está pensado como el equivalente a asomarse tres meses seguidos a ese puesto.
Cada relato ocupa apenas unas líneas y parte siempre de una escena concreta: una impresora que no enciende porque los cables fueron amarrados con cinta adhesiva en nombre del orden; una encargada de bodega que abre una y otra vez el archivo original mientras se acumulan las versiones 2, 3 y 4; un jefe de ventas que reparte su dirección de correo sin el punto que separa nombre y apellido; una dependienta que apaga la computadora y pregunta si hace falta encenderla para la conexión remota. Otras entradas tocan el terreno más áspero: un dominio bloqueado por el servidor del destinatario, una IP marcada como spam, un sitio del ministerio caído durante las vacaciones oficiales, situaciones donde la única respuesta honesta —«esto está fuera de mi control»— es también la más difícil de hacer aceptar.
De ese repertorio emerge un retrato del oficio más que una colección de tropiezos ajenos. Aparecen la petición de entrar a la cuenta ajena de un proveedor para «recuperar» un correo enviado por error, la exigencia de cambiar precios sin autorización para hacerlo, la sospecha permanente de que informática «hizo algo», el usuario que llama ya habiendo apagado y encendido, el dueño que pregunta a quién llamar en Google. El autor alterna la impaciencia con la autocrítica y no se excluye del cuadro: también él improvisa, se equivoca de tono y aprende dónde termina su responsabilidad.
Escrito en primera persona, con humor seco y sin pretensiones literarias declaradas, el libro se dirige a dos lectores a la vez. A quien trabaja en soporte le ofrece reconocimiento; a quien solo ha estado del otro lado de la línea, una invitación discreta a la paciencia con la persona que intenta ayudarle.
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