En un pueblo de montaña de Banff, una científica recién llegada acepta cuidar el perro de su atractivo vecino. Bastarán una visita inesperada y una llamada telefónica para que ese favor de buena vecina la empuje, de noche y sin cobertura,…
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En un pueblo de montaña de Banff, una científica recién llegada acepta cuidar el perro de su atractivo vecino. Bastarán una visita inesperada y una llamada telefónica para que ese favor de buena vecina la empuje, de noche y sin cobertura, hasta una cabaña perdida en el bosque.
Brenda ha dejado Calgary y la vida que la estaba devorando —informes, videoconferencias, un despacho de biólogos y químicos que dirige más de lo que disfruta— para instalarse dos semanas atrás en una casa alquilada de un pueblo de montaña rodeado de bosques, lagos y cascadas. Llueve sin tregua, y bajo esa lluvia tropieza con Peter, el vecino de la casa contigua que hasta entonces creía deshabitada: elegante, sonriente, disculpándose por una caja de huevos rota en el asfalto.
Lo que sigue tiene la forma reconocible de un comienzo afortunado. Un café improvisado, una excursión al día siguiente con Lobo, el braco de Weimar al que llaman fantasma gris, granjas abandonadas comidas por la maleza, una catarata de treinta metros y una jornada entera de risas que Brenda hacía años que no se permitía. Hasta que suena un teléfono, una conversación en voz baja endurece el gesto de Peter y el favor llega envuelto en prisa: cuidar del perro un par de días, en casa de él, con dos juegos de llaves y un número de contacto por si acaso.
El “por si acaso” tarda un día en llegar. Un desconocido de sonrisa burlona y dientes separados pregunta por Peter y se marcha pidiendo discreción; la llamada de Brenda para avisarle convierte la voz amable del vecino en una orden tajante. No vuelvas a casa. Ve a la cascada, toma el camino de la derecha, busca la llave enterrada en una maceta vieja. Cierra las ventanas, que nadie sepa que estás ahí. Y la mujer que confiaba en su criterio se descubre obedeciendo instrucciones que no entiende, en una cabaña demasiado ordenada, demasiado provista, demasiado preparada para recibirla, sin cobertura, sin más compañía que un perro y el ulular de una lechuza.
Sonia Pasamar construye su intriga con una economía deliberada: cada gesto cordial admite una segunda lectura, cada detalle doméstico —una lata vacía colocada sobre el picaporte, unas latas sin caducar, unas sábanas limpias— acaba pesando más de lo que aparentaba. La narración avanza fechada día a día, como un diario que estrecha el cerco, y el idilio se va vaciando por dentro hasta que solo queda la pregunta de cuántas de las cosas dichas eran ciertas. A las 3:46 de la madrugada, el perro se pone tenso frente a la puerta. Brenda también ha oído el ruido.