Daila viaja de Puebla a la Ciudad de México para pasar unos días con sus tíos y su hermano mellizo, y en la fiesta de cumpleaños de Alec —el sobrino de su tío, al que no ve desde hace tres años y medio— descubre que la atracción de siempre…
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Daila viaja de Puebla a la Ciudad de México para pasar unos días con sus tíos y su hermano mellizo, y en la fiesta de cumpleaños de Alec —el sobrino de su tío, al que no ve desde hace tres años y medio— descubre que la atracción de siempre ya no cabe en el disimulo. Entre canciones de Bruno Mars, un parque acuático y una pizza hecha a las ocho de la noche, llega el primer beso y la primera cita; también la pregunta que Daila prefiere no responder: qué pasará cuando los separen otra vez los kilómetros. Una novela romántica contada en primera persona que sigue a dos jóvenes a lo largo de casi una década.
En el verano de 2015, Daila consigue lo que parecía imposible: cinco días en la Ciudad de México con su hermano mellizo, Owen, y sin padres. Sus tíos organizan eventos y esta vez el encargo es la fiesta de cumpleaños del sobrino de su tío, la familia Figueroa, gente que la trata como si siempre hubiera sido suya. Lo que Daila no dice en voz alta —aunque Owen lo lea en su cara antes de que ella lo piense— es que en esa fiesta volverá a ver a Alec.
Han pasado tres años y medio. Él lo sabe con exactitud, y ese dato basta para desarmarla. Lo que empieza como una conversación que no se acaba nunca termina en una pista de baile con los dos a centímetros de distancia y nadie dispuesto a dar el paso. El paso llega después: un juego en el parque acuático, un reto disfrazado de pregunta y un beso que ninguno de los dos sabe cómo acomodar. Luego la cocina llena de harina, una receta heredada del padre de Daila, una segunda vez sin público, y una invitación a salir que abre más preguntas de las que cierra.
Bajo la euforia hay un cálculo que Daila no logra apagar. Ella vive en Puebla; él, en la ciudad. Viene de una relación que la dejó saboteándose a sí misma en materia de amor y sostiene, como quien sostiene un escudo, que las relaciones a distancia no funcionan. Alec lo formula sin rodeos en un balcón, de noche, frente al jardín de su tía: en realidad, ¿qué estamos haciendo? Ninguno tiene la respuesta, pero ambos confiesan cuánto tiempo llevaban callándose lo mismo.
La novela se organiza en capítulos fechados que avanzan de 2015 a 2018, se interrumpen y retoman en 2023 y 2024, un salto que deja ver que esta no es la historia de un verano sino de todo lo que un verano puede poner en movimiento. Alrededor de la pareja se arma un elenco cálido y reconocible: Owen, cómplice y verdugo, capaz de leerle el pensamiento a su melliza y de usarlo en su contra; los tíos que hacen las veces de padres adoptivos; July, Luis, el pequeño Max y una casa de estrellas fosforescentes pegadas al techo que un día le enseñaron que todo brilla mejor cuando uno sale.
Escrita en primera persona y en presente, con humor doméstico, diálogo rápido y una voz que alterna la ironía con la vulnerabilidad, esta es una historia sobre la distancia como obstáculo y como medida: los kilómetros que separan dos ciudades y los que una persona pone entre ella misma y la posibilidad de enamorarse. Está dedicada, precisamente, a quienes temen ese salto y aun así siguen esperando un amor como los de los libros.
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