En un Madrid de tardes doradas y silencios pesados, un anciano exiliado y exmontador de cine se inventa visitas de compradores para una casa que nunca piensa vender, mientras el pasado, el humor negro y el miedo a morir en soledad se…
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En un Madrid de tardes doradas y silencios pesados, un anciano exiliado y exmontador de cine se inventa visitas de compradores para una casa que nunca piensa vender, mientras el pasado, el humor negro y el miedo a morir en soledad se cuelan por cada puerta entreabierta.
Víctor es un hombre mayor que vive solo en el amplio y polvoriento piso familiar de Madrid, rodeado de objetos, recuerdos y un espejo que ya no soporta mirar. Antiguo montador de cine que trabajó censurado bajo el franquismo, guarda la memoria de un pequeño acto de rebeldía juvenil —unos metros de película robada y verdadera— que le costó el destierro y décadas de vida errante entre países ajenos. De vuelta en España, sin familia, sin oficio y con el cuerpo rindiéndose pieza a pieza, ha encontrado una manera peculiar de no estar solo: anunciar la venta de la casa que nunca entregará, para que agentes inmobiliarios y compradores curiosos desfilen por su salón cada jueves y le hagan compañía un rato.
La novela avanza con un pulso ágil y cinematográfico, alternando la voz interior de Víctor —lúcida, sarcástica, consciente de su propia decadencia— con escenas corales llenas de personajes menores que aportan comicidad y contraste: una joven e ingeniosa agente inmobiliaria que maneja sus jefas y a sus clientes con la misma soltura; un periodista primerizo encargado de obituarios que busca una última entrevista; un matrimonio de abogados que visita el piso con motivaciones muy distintas; un portero rígido y sudoroso incapaz de tomar decisiones; y una tripulación de ambulancia que, entre bocadillos y anécdotas turbias, trata a los pacientes con la misma indiferencia con la que comenta su vida nocturna.
El relato se precipita cuando, durante una visita concertada, la casa aparece en un silencio inquietante: Víctor no responde al timbre ni al teléfono, y su ausencia obliga a los presentes —agente, compradores y portero— a franquear la puerta que él jamás abre a nadie. Lo que encuentran, entre la extrañeza, el pánico y una comicidad amarga, desnuda de golpe la soledad que Víctor había disfrazado de teatro social, y la novela vira hacia una reflexión, tan tierna como descarnada, sobre la vejez, la dignidad y la manera en que cada uno decide mirar de frente —o esquivar— su propio final.
Con un estilo directo, casi de guion, y un humor que brota de lo trágico y de lo vulgar a partes iguales, la obra propone que ante la certeza de la muerte solo queda una respuesta posible: sostener, hasta el final, algo de nobleza.