Un maestro de hospital abre las puertas del aula que funciona entre habitaciones, sueros y pruebas médicas para contar qué significa enseñar a niños ingresados.
Descargar
Un maestro de hospital abre las puertas del aula que funciona entre habitaciones, sueros y pruebas médicas para contar qué significa enseñar a niños ingresados. A partir de su propia trayectoria —de un pueblo blanco de la costa granadina a las salas del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid—, el autor describe una labor poco conocida: sostener el vínculo escolar, la curiosidad y la vida social de alumnos-pacientes cuyo día a día ha quedado en suspenso. El relato alterna la mirada íntima sobre los niños con la historia del centro y de la mujer que lo fundó en el siglo XIX, y compone así un retrato de la pedagogía hospitalaria como oficio, como vocación y como derecho.
Todo el mundo recuerda cómo se entra en un hospital: con la fecha de ingreso escrita y la de salida en blanco. Desde esa experiencia compartida arranca este libro, que pide al lector un ejercicio de traslación —imaginar esa misma incertidumbre vivida por un niño— para explicar por qué en las plantas pediátricas hace falta algo más que medicina.
El narrador es Miguel, maestro especializado en pedagogía terapéutica y, desde hace años, docente en el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid. Su bata blanca no lleva termómetros ni jeringuillas, sino bolígrafos de colores, tubos de plastilina, libros y juegos. Es la bata que aparece en la habitación cuando el enfado del niño ya no cabe en la cama, la que no pregunta dónde duele sino qué se estaba estudiando en clase, la que presenta a otros niños en la misma situación y convierte una tarde de espera en un rato de lectura, de risas o de robots y trucos de magia traídos por museos, universidades y fundaciones.
La obra se construye en tres movimientos que se entrelazan. El primero es la vivencia del aula: la doble condición de alumno y paciente, la continuidad curricular a los pies de la cama, los mensajes y dibujos que llegan del colegio de origen, y esa primera sonrisa —la de Ana, la niña que el autor llama su paciente cero— que fija una vocación para siempre. Las historias personales que se cuentan están inspiradas en experiencias reales sin remitir a ningún caso concreto: sirven para mostrar la amplitud de funciones que el oficio exige, no para exhibir el dolor ajeno.
El segundo movimiento es autobiográfico. El autor reconstruye su infancia en Salobreña, el aprendizaje de la lectura en las rodillas de su abuelo, la adolescencia en la que descubrió el mundo de las capacidades diferentes a través de la hermana de una amiga, los estudios en Granada, la oposición y un recorrido por centros de educación especial, proyectos de educación combinada y aulas con alumnado con discapacidad motora o trastornos del espectro autista. Un itinerario que lee, con humor y sin solemnidad, como una sucesión de señales que conducían a la puerta del Niño Jesús.
El tercero es histórico. El relato se remonta a 1877 y a María del Carmen Hernández y Espinosa de los Monteros, duquesa consorte de Santoña, la mujer nacida en Motril que fundó y costeó el primer hospital pediátrico de España en un barrio castigado por la mortalidad infantil, reunió a médicos como Manuel Tolosa Latour y Mariano Benavente, impulsó el edificio de la avenida Menéndez Pelayo y —según sostienen diversas fuentes— la rifa benéfica que acabaría siendo la Lotería del Niño. Su final, despojada de la herencia y sostenida por la caridad de sus amigos, contrasta con la permanencia de su obra.
Escrito en primera persona y en voz de colectivo, el libro reivindica a un grupo de docentes que dejaron voluntariamente sus colegios para trabajar donde la enfermedad amenaza con interrumpir el desarrollo educativo y aislar del mundo. Su tesis es sencilla y exigente a la vez: estar enfermo no debería suspender el derecho a aprender, y el aula hospitalaria es el lugar donde ese derecho se defiende cada mañana.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.