Una nota del vecino —alguien fotografía sus ventanas con teleobjetivo— basta para encender a la narradora: una artista de fama mediana que acaba de cumplir cuarenta y cinco años, casada con Harris y madre de Sam.
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Una nota del vecino —alguien fotografía sus ventanas con teleobjetivo— basta para encender a la narradora: una artista de fama mediana que acaba de cumplir cuarenta y cinco años, casada con Harris y madre de Sam. Entre gofres cocinados para toda la semana, confesiones con su mejor amiga y una cita pendiente con una estrella del pop, decide cruzar el país en coche para volver siendo otra. Una confesión en primera persona: lúcida, obscena, muy divertida y sin coartadas.
Todo empieza con un papel doblado: el vecino —agente del FBI, con chaleco rotulado incluido— avisa de que un hombre ha estado fotografiando las ventanas de la casa con un teleobjetivo. El marido lo despacha con un encogimiento de hombros; ella se queda con la nota en la mano y la guarda en su mesa como quien guarda una promesa. Porque lo que siente no es miedo, sino la vieja esperanza de que alguien, por fin, la esté mirando.
La narradora es una artista que triunfó muy joven y sigue trabajando en el antiguo garaje de su casa, sobre una mesa a la que le falta un calce desde hace quince años. Vive con Harris, productor musical, y con Sam, de siete años, en una convivencia que ella describe como una cumbre diplomática permanente: dos personas educadísimas esperando a que el otro beba primero. Fuera de esas paredes existe otra versión suya —la que baila hasta desenfocar la vista en una fiesta, la que intercambia fotos desnuda con sus amigas, la que se atiborra de comida basura una noche por semana en el estudio de su mejor amiga—, y el libro consiste, en buena medida, en medir la distancia entre ambas.
Un cheque inesperado y una reunión con una estrella del pop legendaria acaban poniéndole fecha a un viaje: irá a Nueva York, pero en coche, cruzando el país, convencida de que el trayecto la transformará en la mujer serena y con los pies en la tierra que nunca ha sido. Antes ha tenido que oír a su marido dividir a la humanidad en Conductores y Aparcadores y colocarla, sin crueldad y sin apelación posible, del lado equivocado.
Lo que sostiene el relato no es la trama, sino la voz: un monólogo que salta del chiste a la herida sin avisar, que habla del deseo con una franqueza incómoda y que examina el desgaste desigual de la maternidad, la amistad como único territorio donde ser uno mismo y la sospecha de que la vida adulta es una larga negociación con lo que no se dice. Una comedia doméstica de pulso acelerado, escrita desde el punto exacto en que una biografía todavía puede torcerse.