En esta larga conversación con el periodista Giulio Brotti, el filósofo francés Rémi Brague examina el desencanto contemporáneo hacia la historia y se pregunta si aún es posible reconocer en ella pasos con sentido.
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En esta larga conversación con el periodista Giulio Brotti, el filósofo francés Rémi Brague examina el desencanto contemporáneo hacia la historia y se pregunta si aún es posible reconocer en ella pasos con sentido. A través de cuatro grandes bloques temáticos —la vida de las ideas, las religiones en el tiempo, los malentendidos sobre la modernidad y la cuestión antropológica—, el libro ofrece una puerta de entrada accesible a un pensamiento que recorre veinticinco siglos de cultura para preguntar, al final, si nuestra época sigue considerando que valga la pena transmitir la vida humana.
Hay un estado de ánimo que atraviesa nuestro tiempo y que resulta difícil de nombrar: una mezcla de fatiga, ironía y sospecha hacia el pasado. En Alemania se acuñó incluso una palabra para describirlo, «cansancio de la historia». Frente a las viejas filosofías que veían en el curso del mundo un tribunal o una razón desplegándose, hoy domina la impresión contraria: que el conjunto de los asuntos humanos es un ruido sin partitura, una acumulación de intentos fallidos de la que, en el mejor de los casos, cabe extraer entretenimiento erudito. De esa constatación parte esta entrevista, en la que Giulio Brotti conduce a Rémi Brague por un itinerario que va de la Grecia clásica al presente tecnológico sin perder nunca de vista una pregunta de fondo: ¿hacia dónde se dirige todo esto, si es que se dirige a alguna parte?
La respuesta que ensaya Brague no es ni la del optimismo providencialista ni la del relativismo que iguala todas las épocas. Su propuesta es más sobria y, por eso mismo, más exigente: en el claroscuro de los hechos humanos pueden entreverse aproximaciones reales al bien y a la verdad, conquistas frágiles que nunca están garantizadas y que pueden olvidarse o revertirse. Verdad e historicidad, sostiene, no se excluyen; lo que ocurre es que imaginamos la verdad como una posesión inmóvil cuando se parece más a un acercamiento siempre situado, hecho desde una perspectiva concreta y con un punto ciego que la acompaña como la sombra al cuerpo.
El recorrido se organiza en cuatro capítulos. El primero se ocupa de la crisis de la memoria histórica y del oficio del historiador de las ideas, disciplina que a Brague le interesa precisamente porque no ordena el pasado según el saber presente y da cabida a los errores, las ilusiones y los caminos que no llevaron a ninguna parte; hay aquí páginas incisivas sobre cómo la mirada puramente genealógica ha desplazado la pregunta más simple y más decisiva ante un texto antiguo: si lo que dice es verdad. El segundo aborda judaísmo, cristianismo e islam tomando en serio su pretensión de verdad en lugar de disolverlos en la etiqueta cómoda de «monoteísmos», con un largo excurso sobre la filosofía en lengua árabe, su relación tensa con la teología y su parentesco con el neoplatonismo. El tercero desmonta el relato según el cual la revolución científica moderna rompió limpiamente con un Medioevo ingenuo: donde otros ven fractura, Brague propone hablar de articulación, porque toda ruptura se construye sobre aquello contra lo que protesta. El cuarto y último se adentra en la pregunta que da urgencia a todo el libro: por qué una cultura como la nuestra parece alimentar una insatisfacción no con tal o cual realización humana, sino con lo humano en cuanto tal.
A lo largo de la conversación, el lector encuentra también el retrato de una trayectoria intelectual poco común: la de un helenista que aprendió hebreo y árabe para leer a Maimónides y a al-Fārābī en su lengua, que enseñó filosofía árabe durante dos décadas en la Sorbona y que ha construido su obra como una historia de las ideas «a larguísimo plazo». El resultado es un libro de conversación en el mejor sentido del género: erudito sin ser árido, capaz de moverse entre Pascal y Foucault, entre Bergson y el cine contemporáneo, y de dejar al lector con más preguntas abiertas de las que traía, pero mejor formuladas.
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