Dos voces se alternan en esta novela de iniciación y deseo. Elisa, diecisiete años, tiene un novio atento, una familia acomodada y la sensación creciente de estar interpretando un papel que no le pertenece.
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Dos voces se alternan en esta novela de iniciación y deseo. Elisa, diecisiete años, tiene un novio atento, una familia acomodada y la sensación creciente de estar interpretando un papel que no le pertenece. Chiara, italiana y trasplantada de ciudad en ciudad por el trabajo de su padre, arrastra desde la infancia un deseo que aprendió a esconder bajo capas de vergüenza. Cuando sus caminos se cruzan, ambas tendrán que decidir qué están dispuestas a perder para dejar de mentirse. Una historia sobre el descubrimiento de la propia identidad, el peso de las apariencias y el amor entendido sin límites.
Todo empieza con una escena que ya contiene el final de una vida: una chica que se ha vestido y desvestido durante horas, una cita en un banco, dos manos que se buscan con torpeza entre la multitud y una mirada ajena que lo rompe todo. Desde ese prólogo, la novela retrocede para contar cómo se llegó hasta allí, y lo hace a dos voces que se van turnando capítulo a capítulo hasta encontrarse.
La primera es Elisa. Tiene diecisiete años, lleva tres con Andrés —un chico tierno, paciente, que quiere estudiar medicina— y ha llegado a una fiesta donde ambos habían planeado acostarse por fin. Lo que ocurre esa noche no es rechazo ni miedo exactamente, sino algo más incómodo de nombrar: la certeza de que su cuerpo no responde a lo que se espera de él. Elisa observa a los demás con la sospecha de que sus vidas son planas y previsibles, y a sí misma con la fatiga de quien lleva meses repitiéndose que todo se arreglará. En casa, esa sensación de estar de más se multiplica: una madre bellísima y controladora que administra la alegría familiar como quien reparte regalos —un descapotable nuevo, una sonrisa que promete un beso que nunca llega—, un hermano que compensa lo que le falta a fuerza de gimnasio y euforia, un padre ausente, personal de servicio con guantes blancos. La felicidad, allí, dura lo que unos fuegos artificiales.
La segunda voz es la de Chiara. Italiana, criada entre Londres, París y Roma, cuenta su historia hacia atrás, desde el primer descubrimiento del placer a los seis años en el columpio de un pasillo y la frase materna que lo convirtió en culpa para siempre. Su relato es el de una niña y después una adolescente que aprende a encogerse: a disimular el cuerpo bajo camisas anchas, a evitar a la amiga ante la que se delató, a convivir con un padre que confunde reconocer su alcoholismo con permiso para seguir bebiendo. Frente a la seguridad desenvuelta de las chicas que rellenan su sujetador de algodón sin pudor, Chiara descubre que su deseo no admite tallas ni disfraces, y se promete acabar con él como sea.
Los títulos de los capítulos trazan el mapa emocional del encuentro: placer, traiciones, soledad, belleza oculta, secretos, mentiras, identidad, una jaula, confesiones. La novela avanza hacia el momento en que las dos narradoras dejan de hablar en paralelo para hablarse, y hacia lo que ese cruce cuesta en un entorno donde las apariencias sostienen a las familias y el silencio se hereda.
Escrita con prosa sensorial y una notable atención al detalle físico —el sudor, el frío en una mano, el crujido del hielo bajo los pies—, la obra combina la crudeza del despertar sexual adolescente con la ternura de dos personajes que se reconocen antes de entenderse. Sin moraleja ni condescendencia, propone una lectura sobre la vergüenza aprendida, la diferencia entre querer y desear, y la posibilidad de nombrarse a una misma sin pedir permiso. Su dedicatoria lo resume: para todas vosotras, para ti también.