Reunión de cuarenta y ocho piezas breves de Fernando Josseau, dramaturgo chileno especializado en el humor escénico, donde monólogos, diálogos y estampas narrativas de una a cinco páginas retratan la comedia amarga de la vida cotidiana.
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Reunión de cuarenta y ocho piezas breves de Fernando Josseau, dramaturgo chileno especializado en el humor escénico, donde monólogos, diálogos y estampas narrativas de una a cinco páginas retratan la comedia amarga de la vida cotidiana. Un gigoló que reclama jubilación, un gánster nonagenario seducido por un fondo mutuo, un ciudadano ejemplar exhibido como espécimen: cada texto avanza con precisión de relojero hacia un remate que combina carcajada y desasosiego.
Bajo un título que ya es una declaración de intenciones, este volumen agrupa cuarenta y ocho textos breves construidos con una economía extrema: la mayoría no supera el millar de palabras y ninguno excede las cinco páginas. La brevedad no es capricho ni descuido, sino método. El autor trabaja el humor como una escala ascendente —primero la sonrisa, después la risa, al final la carcajada— y calibra cada pieza para alcanzar el escalón más alto en el menor número de líneas posible.
La colección alterna con soltura entre formatos. Hay diálogos telefónicos que se leen como escenas completas, con acotaciones de iluminación y utilería incluidas; hay monólogos frontales dirigidos al público; hay relatos en tercera persona que estiran una situación menor hasta volverla insoportable y cómica a la vez. Un amante profesional negocia una pensión tras nueve años de servicio. Dos criminales de otra época discuten la rentabilidad de una cartera de inversiones. Un director de orquesta se especializa exclusivamente en finales de sinfonías. Un contador lleva el registro numérico exacto de su matrimonio mientras su mejor amigo, a su lado, hace algo que él no alcanza a mirar.
El procedimiento es reconocible: partir de una convención social o de una figura respetable y llevarla, con lógica impecable, hasta el punto donde revela su absurdo. Los blancos son múltiples —la moda como industria del despilfarro, el consumidor dócil que cree en los premios y en las cifras oficiales, el sentimentalismo amoroso convertido en contabilidad, la nostalgia que embellece cualquier pasado por sórdido que fuera— y el tono se mueve sin aviso del sarcasmo callejero al humor negro más seco.
El lenguaje es directo, oral, salpicado de modismos y groserías que funcionan como percusión rítmica más que como provocación. Bajo la superficie festiva late una mirada severa sobre la desigualdad, la publicidad, la política y la ingenuidad colectiva, pero el libro nunca sermonea: prefiere dejar que el personaje se delate solo. Un prólogo de Juan Manuel Galán sitúa la obra dentro de una trayectoria literaria de décadas y explica por qué la síntesis es aquí una forma de puntería.
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