Zeke despierta en la casa flotante que acaba de comprar y descubre que Lexi, la mujer con la que pasó la noche, sostiene que el barco pertenece a su mejor amiga.
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Zeke despierta en la casa flotante que acaba de comprar y descubre que Lexi, la mujer con la que pasó la noche, sostiene que el barco pertenece a su mejor amiga. Mientras discuten quién tiene derecho a quedarse —sin cobertura, sin pruebas y sin ganas de salir primero por la puerta—, se asoman a cubierta y no encuentran el puerto deportivo de Gilmouth, sino mar abierto en todas direcciones. Una novela a dos voces sobre un encuentro pactado para una sola noche que se convierte en un encierro sin salida.
Ezekiel Ravenhill tiene veintitrés años, no usa redes sociales y ha vuelto a Gilmouth, un pueblo pequeño de Northumberland, con dos días libres y un plan sencillo: recomprar la casa flotante en la que vivía su padre, muerto cinco años atrás, y cerrar de una vez ese capítulo. Lexi tiene treinta y uno, se crio en el pub del puerto, ayudó a criar a la hija de su mejor amiga y acaba de marcharse de casa con la mitad de sus cosas en una bolsa de lona. Se conocen en The Anchor una noche de julio: él leyendo un manual de citas que le parece una sarta de tonterías, ella detrás de la barra casi por accidente. El acuerdo que cierran es explícito y tiene fecha de caducidad: una sola noche.
A la mañana siguiente el pacto se rompe por donde nadie lo esperaba. Zeke se despierta con un sombrero puesto que no recuerda haberse puesto, encuentra la nevera llena de comida que no compró y los cojines del sofá en el otro extremo del barco. En la minicocina, Lexi intenta hacer café y le explica con calma que no piensa irse: la casa flotante es de Penny, su amiga, y ella ha venido a refugiarse aquí una temporada. Zeke responde que la compró el miércoles. Ninguno tiene cobertura para demostrar nada, ninguno encuentra la llave y ninguno quiere cruzar primero la puerta, por si el otro aprovecha para dejarlo fuera.
Cuando por fin la abren, el olor a sal llega antes que la imagen. No hay muelle, no hay mástiles, no hay pueblo. Solo agua en todas direcciones.
Narrada en capítulos alternos por los dos protagonistas, la novela combina la comedia de un malentendido doméstico —cuatro armarios, una estufa de leña, un reloj con forma de corgi atornillado a la pared— con el vértigo de una situación que no admite explicación razonable. Debajo late otra cosa: el duelo de Zeke por un padre al que solo conoció en este barco, la sensación de Lexi de estar perdiendo su lugar en la vida de una niña que no es suya, y la incomodidad de dos personas que se prometieron no significar nada la una para la otra y que, de pronto, no tienen a dónde ir.
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