Novela de aprendizaje sentimental ambientada en Quito, en la que Vanessa —criada entre libros, exigencias familiares y una fe secreta en el amor de cuento— descubre que la distancia entre lo que soñó y lo que vive puede convertirse en el…
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Novela de aprendizaje sentimental ambientada en Quito, en la que Vanessa —criada entre libros, exigencias familiares y una fe secreta en el amor de cuento— descubre que la distancia entre lo que soñó y lo que vive puede convertirse en el punto de partida de su propia reconstrucción. Susana Vaca Fuentes traza, con voz íntima y retrospectiva, el recorrido de una mujer que aprende a mirarse sin las máscaras que se puso para sobrevivir.
Hay historias que empiezan en una esquina, bajo la lluvia, cuando alguien se detiene a repasar cómo llegó hasta ahí. Así arranca esta novela de Susana Vaca Fuentes: con una mujer empapada frente a la puerta de un bar que su memoria convirtió, hace tiempo, en el escenario fundacional de un gran amor.
Vanessa creció en una casa blanca de dos pisos en el centro norte de Quito, sin garaje y con un jardín cuidado a fuerza de paciencia. Fue la hija mayor de una familia práctica, que entendía el cariño como provisión y buen ejemplo, y que celebraba las calificaciones más que las confidencias. Ella respondió a esa gramática afectiva volviéndose la estudiante impecable, la chica ruda e independiente que nadie asociaba con el romance. Puertas adentro, sin embargo, guardaba un archivo secreto de novelas propias, alimentadas por películas, revistas viejas y lecturas devotas, donde el amor verdadero llegaba a rescatarla de la sospecha de no ser suficiente.
La universidad y luego Fabián —compañero antagónico, bromista, exactamente lo contrario de su ideal— desordenan ese equilibrio. La enemistad se vuelve proyecto compartido, el proyecto se vuelve almuerzos y cervezas de viernes, y una declaración inesperada activa de golpe todo lo que Vanessa había reprimido durante veintidós años. La novela sigue el pulso de esa transformación: la euforia del primer beso, el vértigo de presentar una pareja ante padres escépticos, el modo en que una capa de barniz color rosa puede cubrir defectos que más tarde pesarán, y la lenta comprensión de que enamorarse de que la amen no es lo mismo que amar.
Organizada en capítulos que funcionan como estaciones de una metamorfosis —del capullo a la crisálida—, la obra alterna escenas cotidianas de gran precisión (la cafetería de la facultad, los bolones con café cargado, el saludo matutino a la Virgen del Panecillo) con una reflexión adulta que revisa el pasado sin condescendencia. La autora escribe desde la madurez que da la experiencia, y ese doble registro —la muchacha que cree y la mujer que recuerda— sostiene el libro entero.
El hilo rojo del título opera como pregunta más que como promesa: si existe o no un destino que una a dos personas, si el desencanto tiene remedio, si lo que arrastra a Vanessa es un vínculo o una idea heredada sobre el amor. La respuesta que propone la novela no está en el príncipe esperado, sino en la posibilidad de que una mujer se construya a sí misma y descubra que la historia que valía la pena contar era la suya.
Dedicada a quienes creyeron que estarían rotas para siempre, esta es una lectura cercana, honesta y conversacional sobre las máscaras que aprendemos a usar y sobre lo que ocurre cuando finalmente decidimos quitárnoslas.
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