Un guardia civil recopila, con humor y sin solemnidad, las escenas más insólitas que le ha regalado el servicio diario: un recluta desnudo cuadrándose ante el coronel, un anciano que acude al cuartel para certificar por escrito un dolor de…
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Un guardia civil recopila, con humor y sin solemnidad, las escenas más insólitas que le ha regalado el servicio diario: un recluta desnudo cuadrándose ante el coronel, un anciano que acude al cuartel para certificar por escrito un dolor de barriga, un centinela y un pañuelo que nunca debió recogerse del suelo. Cuarenta relatos breves que muestran la cara más humana del uniforme verde.
Hay una versión del uniforme que rara vez llega al público: la que ocurre entre denuncia y denuncia, en la garita de una prisión, en la puerta de embarque de un aeropuerto, en la grada de un partido de fútbol regional o en el timbre de un cuartel a las tres de la madrugada. Este libro reúne esa versión.
Escrito por un guardia civil sevillano que empezó a tomar notas al terminar su formación en la Academia de Baeza y siguió haciéndolo en sus destinos de Asturias y Cataluña, el volumen es un compendio de anécdotas verídicas recogidas a lo largo de años de servicio. El material no es heroico ni excepcional: es lo cotidiano visto desde un ángulo en el que lo cotidiano deja de parecerlo. Un alumno con la costumbre de cruzar el pasillo de la compañía recién duchado y sin nada encima, justo el día en que el coronel decide visitarla. Un jubilado que atraviesa medio pueblo para que un agente le extienda un documento oficial acreditando que abandonó una comida por indigestión y no por no pagar la cuenta. Un pasajero ebrio que insulta al personal de tierra mientras grita vivas a la Benemérita y asciende a teniente, por su cuenta, a todo cabo que se le acerca.
El tono es de humor abierto, de sobremesa contada con gracia andaluza, pero el libro no es solo un catálogo de disparates. Algunos capítulos bajan la voz. El retrato de Miguelito —el llamado “loco del pueblo”, capaz de fabricarse una escopeta artesanal y de presentarse desnudo en el cuartel para denunciar el robo de sus propios pantalones, y cuya historia termina en tragedia— deja ver la delgada frontera entre lo pintoresco y lo doloroso, y la incomodidad de quien tiene que estar allí en ambos casos. También asoma, sin discurso, el desgaste de un oficio en el que se ejerce de policía, de mediador, de psicólogo y de paño de lágrimas, muchas veces todo en la misma guardia.
Organizado en microrrelatos independientes —titulados con la misma sorna con que están escritos: “Páter Putatibus”, “Esperpento vial”, “Benemeritofobia”, “Más cuento que Calleja”—, el conjunto se lee a saltos, sin orden obligatorio. Por sus páginas desfilan un cura y una prostituta a deshora en una pista forestal, un mudo denunciado por insultos, un ovni, un tigre, un duque, curiosos de carretera y ciudadanos convencidos de que sus impuestos les autorizan a dar órdenes. Ninguno de ellos es un personaje: todos existieron.
Con un prólogo firmado desde la propia Academia, el libro se propone algo modesto y lo cumple: arrancar una sonrisa y, de paso, dejar constancia de que detrás del tricornio hay gente que se ríe, se aburre, se desespera y se conmueve como cualquiera.
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