Marta cumple veinticinco años en Santiago y recibe, esa misma noche, una propuesta de matrimonio que acepta por impulso y sin convicción. A punto de graduarse y con una relación de tres años que se ha ido apagando, viaja con sus amigas a…
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Marta cumple veinticinco años en Santiago y recibe, esa misma noche, una propuesta de matrimonio que acepta por impulso y sin convicción. A punto de graduarse y con una relación de tres años que se ha ido apagando, viaja con sus amigas a Cartagena buscando claridad; allí un encuentro casual con un joven coreano llamado Andrés desordena todas sus certezas.
La novela arranca con una vieja leyenda sobre el hilo rojo del destino —un emperador que intenta burlarlo y termina atado a él— y desde ese prólogo instala la pregunta que recorre todo el libro: si lo que llamamos casualidad no será, en realidad, una cita concertada de antemano.
La narradora es Marta, una estudiante de Ingeniería Informática que vive en Santiago, comparte departamento con Virginia, su amiga desde hace años y socia en una pequeña tienda de coleccionables, y sostiene una relación de tres años con Pablo, un abogado joven, brillante y cada vez más ausente. El día de su cumpleaños, en el mismo restaurante peruano donde celebran todo desde siempre, Pablo se arrodilla y le pide matrimonio. Marta dice que sí antes de pensarlo y pasa el resto de la noche mirándose el anillo, preguntándose qué acaba de hacer. Tiene todo lo que su madre habría querido para ella —estudios por terminar, un negocio propio, un hombre correcto— y aun así siente un vacío que no sabe nombrar.
Virginia, que la conoce mejor que nadie, propone la salida: dos semanas de viaje antes de la boda, tiempo y distancia para distinguir el amor de la costumbre. Con Ale y Lorena se van a Cartagena. Lo que empieza como una escapada de amigas —playas, salsa, mojitos, las Islas del Rosario, el plancton encendido bajo el agua de noche— se convierte en el escenario donde la vida ordenada de Marta se descoloca. En un bar, un desconocido le habla en inglés y luego resulta hablar español perfecto; se llama Andrés, viaja con dos amigos desde Seúl, y cada encuentro posterior parece menos accidental que el anterior. Él insiste en que es el destino; ella responde que no cree en eso.
El viaje avanza entre la euforia compartida y una inquietud creciente. Marta deja de ponerse el anillo. Pablo llama poco, y cuando llama hay una risa de fondo que ella no consigue explicarse. Las amigas, cada una a su manera —la lealtad protectora de Virginia, la libertad sin culpa de Ale, la desconfianza herida de Lorena—, la empujan hacia una misma pregunta incómoda: si vivir para los demás vale el precio de no reconocerse.
Escrita en primera persona, con diálogo abundante y un tono confesional que alterna el humor cotidiano con la culpa, la novela retrata ese momento en que una decisión tomada por inercia empieza a resquebrajarse. Entre Santiago y el Caribe, entre lo que se espera de ella y lo que su cuerpo ya sabe antes que su cabeza, Marta debe decidir si el hilo rojo la ató hace tiempo a la persona equivocada.
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