En junio de 1936, un submarino alemán deja en una playa del sureste español a un oficial de las SS y a su intérprete, un antiguo soldado que veinte años atrás había hecho ese mismo viaje.
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En junio de 1936, un submarino alemán deja en una playa del sureste español a un oficial de las SS y a su intérprete, un antiguo soldado que veinte años atrás había hecho ese mismo viaje. Vienen a buscar el Santo Grial en la sierra de San Ginés, y para lograrlo dependerán de un conde español, un aguador del Mar Menor y toda una comarca de apodos heredados que observa el asunto con una mezcla de cortesía y sorna.
«A la sombra del Miral» arranca por el final: un hombre atrapado en un habitáculo estrecho, incapaz de gritar, viendo pasar tras sus retinas la vida entera que lo ha llevado hasta allí —la juventud acomplejada, la afiliación casi casual a un partido de fanáticos, el vértigo de haber sido, por fin, alguien importante—. Solo después la novela retrocede hasta el principio: una madrugada de junio, la costa que se acerca, y un submarino que se sumerge hasta dejar únicamente la torreta a la vista para pasar por un simple pesquero ante las baterías que blindan el litoral.
De ese submarino bajan dos hombres. Hans, Obersturmführer de las SS, arqueólogo de partido, orondo y susceptible, incapaz de separarse de su petate y de tolerar la menor humillación. Y Otto —al que en el barrio del Molinete llamaron Pepico durante la Gran Guerra—, alto, distraído, con esa mirada de quien ve algo que los demás no ven, y con la nariz que en la nueva Alemania lo ha señalado como impuro a él y a los suyos. Uno viene a buscar una reliquia; el otro ha despertado de un mal sueño para abrir los ojos en mitad de una pesadilla, y viaja porque no le queda otro sitio adonde ir.
Los espera una tierra que la novela retrata con una precisión casi táctil: la vela latina hinchada por el Levante, las islas del Mar Menor encadenándose una tras otra, un palacete mudéjar levantado por un barón italiano desterrado, el desayuno de pan tostado con ajo restregado y aceite que una explosión interrumpe justo antes del primer bocado. Aquí los cañonazos no anuncian una guerra sino una visita, y el intervalo entre dos disparos es un modo de decir la hora. El conde de Romanones, dueño de la isla, les proporcionará documentación falsa, ropa del país y contactos, más por negocio que por convicción; a su amigo Garci-Pérez la misión le parece, sin rodeos, una gilipollez. Alrededor se mueven Miguel el Pistonico, aguador de pozos abiertos en la arena como los corsarios de Berbería; el Perul, que vacía una copa de coñac francés de un trago y la juzga «flojica»; la Liebre, viuda muda a la que los pueblos atribuyeron el mal de ojo.
La búsqueda del Grial —esa piedra negra, esa copa, esa bandeja que cada quien imagina distinta— avanza así entre dos registros que la novela hace convivir sin estridencias: la solemnidad delirante de una misión ideológica y la vida cotidiana, socarrona y concreta de un rincón del Mediterráneo donde los apellidos son motes que se heredan de padres a hijos. Sobre todo ello pesa una fecha que el lector conoce y los personajes no: el verano de 1936, con las cosas poniéndose «muy feas» y a punto de ponerse peor. La cita de Lennon que abre el libro funciona como advertencia y como llave: la vida es lo que sucede mientras uno se empeña en hacer otros planes. Y en la ensoñación del prólogo, entre todos los rostros que desfilan, hay dos que no miran al moribundo —Otto y un crío llamado Manolico—, una deuda narrativa que la novela se encarga de ir cobrando.
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