Tras la muerte repentina de su madre, Isabel Aramburu —estudiante de periodismo y rostro juvenil de la televisión chilena— es trasladada por orden judicial a Rapa Nui, bajo la custodia temporal de Ludovico, el padre naval al que no conocía.
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Tras la muerte repentina de su madre, Isabel Aramburu —estudiante de periodismo y rostro juvenil de la televisión chilena— es trasladada por orden judicial a Rapa Nui, bajo la custodia temporal de Ludovico, el padre naval al que no conocía. En la isla, entre el duelo, el rechazo y un entorno que la desarma, empieza a intuir que la tierra bajo sus pies tampoco está en calma: los temblores anuncian el despertar del Terevaka. Novela de Angélica Dossetti Calderón publicada por Zig-Zag.
La narración se abre con una escena de emergencia: golpes en la puerta a medianoche, libros que caen de las repisas, una perra escondida en un rincón y un resplandor rojizo que ilumina la isla. Desde ese punto de tensión, la voz de Isabel Aramburu retrocede para explicar cómo llegó hasta ahí.
Antes, su vida era ordinaria en el mejor sentido: un departamento pequeño en Santiago, la universidad, una madre presente. A los diecinueve años, un cazatalentos la aborda en un café y le ofrece un puesto de notera en un programa juvenil de televisión. Isabel acepta con una mezcla honesta de vocación y cálculo: quiere explicar el mundo a chicos que no lo miran, pero también quiere un sueldo y un futuro. El trabajo trae luces, horarios imposibles y discusiones cada vez más ásperas con su madre. Una tarde, una llamada perdida en el asiento del copiloto queda sin devolver. Cuando Isabel llega a casa esa noche, encuentra a su madre tendida en la alfombra y la perra echada a su lado.
Lo que sigue es un duelo sin adornos: interrogatorios policiales, trámites, semanas de encierro, la culpa insistente de esa llamada que no contestó. En medio de eso aparece Ludovico —Luco—, oficial de la Armada destinado en Isla de Pascua y padre ausente durante veinte años, convocado por una amiga. Isabel lo trata como a un intruso. Él cocina, resuelve papeles y se queda. Tras un accidente doméstico que dos psiquiatras interpretan como un intento de suicidio, Luco obtiene en un Tribunal de Familia una interdicción temporal y la custodia de su hija mayor de edad. La alternativa que le ofrece es cerrada: una clínica o la isla.
En Hanga Roa, Isabel llega con dos cosas que le importan —el ánfora con las cenizas de su madre y la jaula de Charito— y con la determinación de contar los días. La isla, sin embargo, no colabora con su encierro: la casa fiscal sin adornos, la nua que la cuida y le habla en rapanui, Mako, el nieto adolescente que la reconoce de la televisión, y un aire de tensión política que Luco menciona apenas. La rutina de duelo se ve interrumpida por la fuga de la perra, por un primer recorrido en jeep y por un temblor breve que nadie más parece tomarse en serio.
La novela alterna así dos temperaturas: la del recuerdo, escrito en pasado y cargado de reproche, y la del presente, contado en un presente urgente donde el volcán despierta y la evacuación comienza. En el cruce está la pregunta que sostiene el relato: si un lugar impuesto puede volverse, contra toda voluntad, un lugar propio; y si un padre desconocido puede convertirse en padre a destiempo. Angélica Dossetti Calderón construye una protagonista antipática cuando le conviene serlo, honesta sobre sus propias motivaciones, y una isla que funciona menos como postal turística que como territorio vivo, con lengua, familia extendida y geología inquieta.
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