En una isla que vive del turismo y del buen tiempo, la aparición de un cadáver rompe el frágil equilibrio del verano. Un joven músico callejero es hallado con heridas de arma blanca en un bote a la deriva frente a Punta Carena, sin…
Descargar
En una isla que vive del turismo y del buen tiempo, la aparición de un cadáver rompe el frágil equilibrio del verano. Un joven músico callejero es hallado con heridas de arma blanca en un bote a la deriva frente a Punta Carena, sin documentos ni equipaje, y con un tatuaje de dos iniciales entrelazadas como única pista de identidad. El agente Enrico Rizzi, hijo de la isla y hortelano por herencia familiar, debe investigar un crimen mientras sus superiores solo piensan en contener el daño reputacional. A su lado, una compañera recién destinada arrastra un duelo propio que amenaza con desbordarla.
La novela abre con una escena breve y desconcertante: una mujer viaja en tren al anochecer y, en el reflejo del cristal, cree ver el rostro de un hombre al que llama Jack. Le pide perdón por no haberlo protegido. Cuando levanta la vista, solo quedan luces que pasan. Ese prólogo funciona como una deuda pendiente que el resto del libro irá cobrando.
La acción se traslada después a Capri, a las cinco de la mañana, en el huerto familiar donde Enrico Rizzi recoge melocotones con su padre antes de entrar de servicio. La rutina —el café, los bocadillos envueltos en papel, la discusión sobre si fumigar con veneno o probar con mariquitas— dibuja a un policía profundamente arraigado en su tierra, todavía marcado por la muerte de un hijo pequeño cuyo recuerdo reaparece entre los trastos de un cobertizo olvidado, junto al viejo utilitario de sus padres. Esa mañana, un compañero interrumpe el hallazgo: hay un cadáver en Punta Carena.
Un bote de remos flota a cincuenta metros de las rocas con el cuerpo de un joven acuchillado en el pecho. No lleva encima nada que permita identificarlo; los bolsillos están vacíos, falta un remo y el motor sugiere que la embarcación pudo zarpar de cualquier punto de la costa. Solo un tatuaje en el bíceps, dos letras entrelazadas, ofrece un principio de nombre. Una bañista de vacaciones que lo descubrió afirma haberlo visto días antes tocando la guitarra en una calle comercial, acompañado por una mujer joven a la que describe con una precisión que no encaja del todo con su insistencia en que apenas se fijó en ella.
A partir de ahí, la investigación avanza por el terreno más ingrato: puerta a puerta, con una fotografía doblada en el bolsillo y una comisaría pequeña, sin medios y presionada por un inspector obsesionado con las cancelaciones hoteleras y la rueda de prensa. Rizzi recorre restaurantes, tiendas y miradores; su compañera Antonia Cirillo, llegada hace pocas semanas por motivos que no ha contado a nadie, escucha lo que los testigos callan y lucha contra un desmoronamiento personal que la asalta sin aviso. Cuando un dependiente adolescente recuerda a la pareja sentada frente a la joyería y suelta un nombre —Jack—, la víctima anónima deja de serlo y la historia del prólogo empieza a encajar.
El resultado es una novela de investigación de ritmo pausado y atmósfera muy física: el calor, el olor de los pinos, la luz cambiando sobre el agua, el contraste entre una isla vendida como paraíso y el trabajo sucio de averiguar quién era un muerto sin papeles. Más que un enigma de mecanismo, propone un retrato de comunidad pequeña donde todos se conocen, todos preguntan y nadie parece haber visto nada.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.