Poemario de Esaú Alonso que recorre el amor en todas sus temperaturas: el deseo encendido, la ausencia que no cicatriza y la memoria de una infancia de valle, río y cerezos.
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Poemario de Esaú Alonso que recorre el amor en todas sus temperaturas: el deseo encendido, la ausencia que no cicatriza y la memoria de una infancia de valle, río y cerezos. Escrito en verso libre y asonante, con imágenes de raíz sensorial y habla cotidiana, el libro alterna la confesión íntima con el homenaje a la familia, a la tierra y a los muertos que nunca terminan de irse. Prologado por Billy Macgregor.
«A mil sueños de ti» reúne una cincuentena de poemas donde el amor se escribe siempre en tiempo doble: el del cuerpo presente y el de la ausencia que lo sucede. Ya desde las primeras páginas, con esa declaración contradictoria de querer a alguien exactamente porque no está, Esaú Alonso fija el compás del libro —un movimiento pendular entre la celebración y el duelo que no busca resolverse, sino sostenerse.
El deseo ocupa buena parte del volumen y lo hace sin eufemismos ni pudor literario. Hay poemas de una carnalidad rotunda, construidos con metáforas tomadas del vino, la vendimia, la colmena, el ruedo y la brasa, donde el encuentro amoroso se narra como faena, como fiesta y como hambre. Junto a ellos, en contrapunto, aparecen los textos del desamparo: la habitación vacía, el silencio que golpea más que las palabras, la ruptura contada en una secuencia larga de idas y regresos que termina admitiendo que el rencor solo cambia un dolor por otro. Ese vaivén emocional —te quiero, te odio, te admiro, no sé más— es quizá el hallazgo más honesto del conjunto.
La segunda gran corriente del libro es la memoria. El autor vuelve a un paisaje concreto y reconocible, el de un valle extremeño de cerezos, gargantas y pozas, y lo convierte en territorio moral además de geográfico: allí están los juegos de la niñez, las hogueras, las abuelas de babuchas negras, los caídos de una guerra que dejó el pueblo partido y que el poeta quiere saldar con versos en lugar de balas. Los poemas dedicados —a las hijas, a los padrinos, a los hermanos, a la madre en cuyo vientre el hijo entra imaginariamente a través de una fotografía— dan al volumen su vertebración más íntima y también su temperatura más cálida. Una elegía a las madres, hechas de sangre, cecina y ganchillo, resume bien esa mirada: la ternura sin azúcar.
Hay además un tercer registro, más inquieto, en el que el libro mira alrededor con cierto filo: la crítica al afecto de pantalla y a los amores de foto sin piel, la soledad enumerada en una letanía de comparaciones desoladoras, el miedo a Dios y a uno mismo, la muerte que se asoma en el diálogo brevísimo y devastador entre un padre y un hijo. La cultura popular y la culta conviven sin jerarquía: Ícaro y Camarón, El Greco y Puccini, Rodin y una bailarina de plástico a la que la caja de música sigue dando cuerda.
Formalmente, Alonso trabaja el verso corto, la enumeración y el estribillo, con preferencia por la asonancia y por un ritmo hablado que se apoya en la exclamación y en los puntos suspensivos. El prólogo de Billy Macgregor propone la clave de lectura adecuada: acercarse a estos textos sin contar sílabas ni esperar arquitecturas clásicas, dejando que la imagen haga su trabajo. Es un libro de lectura permeable, más emocional que conceptual, escrito para quien reconozca en la propia biografía una botella lanzada al mar que nadie encontró.
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