Lady Ashley está a punto de cumplir noventa años y ya ha sobrevivido a tres accidentes demasiado oportunos. Convencida de que el responsable es alguien de su propia familia, deja de esperar el cuarto: convoca a toda la parentela a su…
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Lady Ashley está a punto de cumplir noventa años y ya ha sobrevivido a tres accidentes demasiado oportunos. Convencida de que el responsable es alguien de su propia familia, deja de esperar el cuarto: convoca a toda la parentela a su mansión de Long Shingle, ordena unos arreglos financieros que reparten motivos entre los presentes y organiza su propia desaparición para obligar al culpable a jugar en el terreno que ella eligió. El viaje nocturno en tren que lleva a los invitados hasta ese confín de la costa ya viene cargado de rencores, coincidencias imposibles y un empujón que casi termina bajo las ruedas.
Llueve desde media tarde cuando Martín Emery, veinticinco años y una paciencia entrenada, espera en la estación más lúgubre de Londres el tren de las nueve y doce. El itinerario suena a broma —Empalme Orbury, Fenklemarsh, Foulcreek, Long Shingle— y él se entretiene inventando historias sobre los pasajeros: el hombre de negro que podría llevar diamantes en los bolsillos, la monja que camina con los ojos bajos, la muchacha que discute a gritos con un caballero demasiado bien vestido. La broma se le vuelve en contra minutos después, cuando encuentra a esa misma muchacha escondida detrás de una pila de bultos, temblando, negando que llore y admitiendo, casi de paso, que alguien acaba de intentar arrojarla a las vías. Se llama Lyn Stuart, no piensa acudir a la policía y suelta una frase que Martín tardará en digerir: después de mañana valdrá lo mismo viva que muerta.
El compartimiento se completa con una anciana locuaz de abrigo apolillado y sombrero imposible, aficionada a los crímenes célebres y a las casas siniestras de su infancia, que resulta conocer a la familia Emery mejor de lo que sería razonable. Mientras tanto, el padre de Martín recorre el tren en las paradas y descubre lo que temía: en los vagones viajan, sin haberse anunciado, todas las ramas del clan al que pertenece por sangre. Primos que se detestan, parejas insoportables, un pariente al que nadie nombra en voz alta. Nadie ha subido allí por casualidad. Cuando el convoy se detiene en la última estación, dos luces solitarias y un jefe de estación incómodo confirman lo evidente: son los invitados de lady Ashley, y hay tres taxis esperándolos.
En la mansión, la anfitriona bebe leche malteada entre retratos, libros y recuerdos de una vida larguísima. Nacida Ellin Bugsley en un barrio pobre en 1864, criada como sirvienta de unos tíos y llegada al mundo del teatro por la puerta de servicio, ha construido una fortuna y un título que la convierten en el centro de gravedad de una parentela numerosa y hambrienta. Sabe perfectamente lo que significan los tres accidentes que ha sufrido, y sabe también que quien los planeó volverá a intentarlo. Su respuesta no es esconderse: es fabricar el móvil, ponerlo sobre la mesa ante todos los sospechosos y luego borrarse del tablero.
De esa maniobra nace la tensión del relato. Un caserón aislado, una lista cerrada de candidatos, una muchacha que teme por su vida y calla el motivo, un joven que se ve arrastrado a un asunto de familia que apenas comprende, y una anciana que ha decidido ser cazadora en lugar de presa. El humor doméstico de la tribu Emery —un padre incapaz de llegar a tiempo a ningún lado y de preocuparse por nada— convive con una amenaza que se cierra despacio, hasta que resulta imposible saber si la trampa atrapará al asesino o si lady Ashley solo ha apurado su propio final.
Novela policial de enigma clásico, con planteo de círculo cerrado de sospechosos y una víctima que se niega a comportarse como tal. Esta edición en español apareció en enero de 1959 bajo el sello de Editorial Acmé, en Buenos Aires.
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