Kate Morrison, bióloga, mira atrás hacia el verano en que un accidente de carretera dejó huérfanos a cuatro hermanos en una pequeña comunidad agrícola del norte de Ontario, y hacia el modo en que la ambición familiar por estudiar terminó…
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Kate Morrison, bióloga, mira atrás hacia el verano en que un accidente de carretera dejó huérfanos a cuatro hermanos en una pequeña comunidad agrícola del norte de Ontario, y hacia el modo en que la ambición familiar por estudiar terminó separando lo que la tragedia había unido.
En Crow Lake, un puñado de granjas, una tienda, una iglesia y una escuela al final de una carretera polvorienta del norte de Ontario, la familia Morrison vive gobernada por dos herencias: el rigor presbiteriano que prohíbe mostrar los sentimientos y la devoción casi enfermiza por la educación que legó una bisabuela capaz de leer mientras hilaba. Kate, la narradora, tiene siete años cuando ese equilibrio se rompe. Un sábado de julio, mientras los cuatro hermanos se bañan en el lago, un camión de troncos sin frenos mata a sus padres en la carretera. Lo que precede a esa tarde —la cena en que se celebra con torpe contención que Luke, el hijo difícil, ha sido admitido en Magisterio; la discusión doméstica sobre si hará falta un traje o una maleta— adquiere en el recuerdo la nitidez insoportable de lo último.
De la vida anterior sobrevive, sobre todo, una imagen: Matt, diez años mayor que Kate, llevándola sobre los hombros hasta unas antiguas graveras inundadas donde le enseña a mirar. Tortugas mordedoras, renacuajos, tritones, la vida de la laguna muriendo y renovándose estación tras estación. Esa educación paciente, hecha de horas boca abajo sobre el agua, es el vínculo más hondo del libro y también su herida: Matt es el heredero natural del talento familiar, y el lector intuye desde las primeras páginas que su historia no terminó donde debía.
Alrededor de los Morrison se mueven los Pye, vecinos de una granja cercana cuya casa gris guarda una violencia que la comunidad prefiere no nombrar. Kate anticipa, sin explicarlo aún, que la pesadilla de esa familia acabará enredándose con el sueño de la suya, y que ciertos nombres —Calvin Pye, Laurie Pye— quedarán prohibidos en las reuniones familiares de los años siguientes.
Diecinueve años después, en su vida adulta de científica y profesora, Kate recibe una invitación al cumpleaños de su sobrino Simon y una fotografía en la que el chico es idéntico al Matt de dieciocho años. La imagen desmonta la política de silencio que ella había impuesto sobre su propia memoria y la obliga a reconstruir, hacia atrás, la cadena de decisiones que siguió a la orfandad: quién renunció a qué para que la familia no se dispersara, qué precio tuvo esa renuncia y por qué el afecto entre ella y Matt quedó atrapado en una gratitud que ninguno de los dos sabe decir en voz alta.
La novela avanza entre esos dos tiempos con una prosa contenida, exacta, atenta al detalle natural y al gesto mínimo. Es una historia sobre la lealtad entre hermanos, sobre las jerarquías tácitas que una familia asigna a cada uno de sus miembros, y sobre el modo en que la ambición intelectual —convertida en dogma heredado— puede volverse una forma de ceguera hacia las personas que se tienen delante.
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