Una crónica coral sobre el pantano de Susqueda, en las Guilleries, construida como un archivo de todo lo que ese embalse ha tragado: un pueblo entero sumergido bajo el agua, una condena por brujería del siglo XVII, crímenes que tardaron…
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Una crónica coral sobre el pantano de Susqueda, en las Guilleries, construida como un archivo de todo lo que ese embalse ha tragado: un pueblo entero sumergido bajo el agua, una condena por brujería del siglo XVII, crímenes que tardaron décadas en aclararse y muertes que nunca llegaron a explicarse del todo. Avanzando por capítulos breves y fechados, el libro reconstruye con voz periodística cómo un paisaje bello y turístico se convirtió en el escenario recurrente de la desgracia, y qué queda —leyenda, sospecha, duelo— cuando el agua se retira.
El libro arranca en junio de 1619, cuando Eufrasina Puig de Rajols, una viuda que recogía hierba de San Juan para preparar remedios, es arrestada camino de su masía y arrastrada hasta la alcaldía de Susqueda para ser sometida a un proceso por brujería. La acusación —granizadas en media comarca, ungüentos que endemonian niños, un aquelarre en Casserres— viene ya escrita: los inquisidores solo necesitan arrancarle un sí con la mancuerda. Antes de que la horca cumpla la sentencia, la condenada lanza una maldición contra sus verdugos y contra la tierra que ya no volverá a pisar: que el agua les inunde los campos y el miedo no les deje vivir. Ese augurio funciona como hilo conductor de todo lo que viene después.
Tres siglos y medio más tarde, en 1966, un chico de dieciséis años desmonta tejados en un pueblo condenado a desaparecer. La presa que cortará el Ter está a punto de terminarse, los vecinos vacían sus casas, las campanas se han vendido y los santos de la iglesia viajan en coche con un brazo asomando por la ventanilla. Mientras se rescatan los muertos del cementerio antes de que llegue el agua, aparece el cuerpo intacto de una joven enterrada veinte años atrás. Milagro para unos, brujería para otros, la escena queda grabada en quien la presenció y marca el tono del resto de la obra: aquí lo comprobable y lo legendario conviven sin resolverse.
A partir de ahí, el relato avanza por episodios autónomos, cada uno con su fecha y sus nombres propios. Las flores y los padrenuestros que un tornero de Sant Hilari dejaba a orillas del embalse en 1987, y lo que revelaron cuando una niña de catorce años apareció muerta a la salida del pueblo. El naufragio de una barca de cazadores en 1993 y la búsqueda a veinte metros de profundidad. Una maleta lanzada de madrugada desde la pared de la presa y el operativo submarino que tardó semanas en encontrarla. Un hombre sentado en la barandilla, a 137 metros del vacío, negociando con los bomberos horas después de haber prendido fuego a una joven. También hay respiro: un pescador nocturno de siluros que llama al 112 solo para saber si alguien acudiría a salvarlo, y una periodista que atiende el teléfono a medianoche porque los reporteros de sucesos nunca desconectan del todo.
Esa periodista, testigo y a la vez personaje, es quien cose las piezas. Su mirada —atenta al detalle absurdo tanto como al dato judicial— convierte lo que podría ser un catálogo de sucesos en un retrato del territorio y de su gente: los interrogatorios con respuestas irónicas, los expedientes que se archivan, las preguntas que ninguna sentencia contestó. Susqueda no es aquí un decorado siniestro, sino un lugar real donde la belleza del paisaje y el miedo comparten orilla, y donde cada generación añade una historia nueva a las que el agua ya guarda.
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