Con veintiún años y un título recién estrenado, una joven murciana cambia sus planes de doctorado en Francia por un contrato de profesora en un colegio privado de Kinshasa.
Descargar
Con veintiún años y un título recién estrenado, una joven murciana cambia sus planes de doctorado en Francia por un contrato de profesora en un colegio privado de Kinshasa. Corre el año 1982 y el Zaire de Mobutu, independiente desde hace apenas dos décadas, la recibe con su humedad sofocante, su pobreza a pie de carretera y una hospitalidad que no esperaba. A orillas del río Zaire reconstruye, en primera persona, el tránsito entre dos mundos: el de los relojes europeos y el de un tiempo que se vive en lugar de perseguirse.
Junio de 1982. Lena Silva acaba de terminar la carrera en la Universidad Complutense y tiene el futuro dibujado: un lectorado en Francia, después el doctorado. Una carta desde Roma lo desordena todo. Su amiga Sara Palacios, nacida en el antiguo Congo Belga y criada entre Kinshasa y Europa, le habla de una vacante en un colegio privado zaireño que busca profesora de Español, Historia y Latín. La propuesta pesa en la balanza durante semanas —la distancia, la familia, un país marcado por conflictos recientes— hasta que Lena decide que sí.
Lo que sigue es la crónica de una llegada. Una entrevista improvisada en el aeropuerto de Barajas, reconocida por un pañuelo rojo atado al bolso. Un vuelo nocturno de Air Zaïre en el que los pasajeros corren por la pista porque los billetes no llevan asiento asignado. El sofoco húmedo al bajar la escalerilla en N’Djili, los pasillos a media luz, el trayecto entre chabolas hasta un apartamento del Boulevard 30 Juin. Y luego el aprendizaje diario: cambiar divisas con cambistas callejeros en vez de con bancos, comprar un Mazda de segunda mano a un mecánico llamado Mafuta, mudarse a una casa colonial de la Avenue Lubumbashi, aceptar que un envío marítimo llegue en noviembre cuando salió en septiembre.
El corazón del libro está en el Colegio Les Hirondelles, en el barrio de Kintambo: aulas sin puertas ni ventanas por las que entra la lluvia como una cortina, formación en columnas los lunes para izar la bandera, alumnos con la cabeza rapada en señal de luto o vencidos por la fiebre de la malaria sobre el pupitre. Allí conviven hijos de embajadores y de empresarios con profesores que duermen en el banco de la sala tras velar a un difunto toda la noche, y con un compañero que acepta sin rodeos un trozo de bocadillo porque, ante la necesidad de sobrevivir, no hay lugar para el pudor. La narradora observa sin corregir a nadie, y deja que las escenas hablen.
Entre capítulo y capítulo, la memoria personal se cruza con la historia: Stanley buscando a Livingstone, el Estado Libre del Congo como patrimonio privado de Leopoldo II y el saldo devastador de aquella tiranía, la independencia de 1960, el asesinato de Lumumba, la llegada de Mobutu al poder y la ‘zairinización’ que rebautizó al país, prohibió el traje occidental y persiguió los pantalones en las mujeres. El retrato del presidente que preside la agencia de viajes de la calle Velázquez, con su gorra de piel de leopardo, anticipa un poder que se siente en cada esquina.
Advertida desde el principio como novela histórica —lugares y hechos reales, conductas y diálogos de ficción—, la obra evita tanto la denuncia panfletaria como el exotismo turístico. Su hallazgo es una lección aprendida despacio y resumida por un médico zaireño ante una española que comía con prisa: por qué no pueden esperar los demás. Frente a la Europa que persigue el reloj, un tiempo que se habita. A orillas del río Zaire es el relato de una mujer joven que se lanzó a lo desconocido sin fecha de retorno y volvió con otra manera de mirar.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.