Un verano en el oeste de Massachusetts, contado en viñetas breves y numeradas, sigue a Abbott —profesor de treinta y siete años, padre de una niña de dos y marido de una mujer embarazada e insomne— mientras intenta atravesar los días entre…
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Un verano en el oeste de Massachusetts, contado en viñetas breves y numeradas, sigue a Abbott —profesor de treinta y siete años, padre de una niña de dos y marido de una mujer embarazada e insomne— mientras intenta atravesar los días entre biberones, volteretas fallidas, tiendas de animales y titulares catastróficos leídos de madrugada. Una comedia doméstica de precisión quirúrgica sobre la paternidad, la ansiedad y la enorme dificultad de estar presente.
La bombilla del escritorio lleva once días fundida y, aun así, Abbott sigue accionando el interruptor cada noche: costumbre, no esperanza, aunque él mismo se detiene a considerar en qué se diferencian ambas cosas. En esa oscuridad se abre una obra construida por acumulación de escenas mínimas, cada una encabezada por un número y un título casi burocrático, que registran un solo verano en el valle de Pioneer, al oeste de Massachusetts.
El protagonista es un profesor universitario de treinta y siete años, con exámenes a medio corregir, un césped que debería cortar y una vida cuyo perímetro se ha reducido al de una casa. Su mujer, embarazada y castigada por el insomnio, duerme cuando puede; su hija de dos años ordena el mundo con frases de tres palabras; un labrador amarillo de once años teme los truenos, los muñecos de nieve, las banderas y también, sospecha Abbott, la nada. El día se mide en turnos de guardia, y las horas se cuentan hacia atrás con una exactitud angustiosa.
Cada capítulo parte de un incidente sin importancia —una visita a una tienda de animales que también vende refrescos, un intento de voltereta sobre la alfombra del cuarto de estar, un semáforo derribado por la tormenta, la trona lavada con manguera en el camino de entrada— y lo deja crecer hasta rozar algo mucho más grande. Los cangrejos ermitaños con el caparazón pintado convocan cien millones de años de evolución y la costumbre humana de decorar a otras especies; un cruce sin señales, resuelto por conductores que se ceden el paso por turnos, se convierte en una refutación silenciosa de Hobbes que casi lo hace llorar; un cupón caducado en 2017 basta para que el futuro suene a mal presagio. Thoreau, Stephen Jay Gould, Keats y una canción jacobita mal aprendida por una niña conviven con la puntuación de un partido de béisbol, un ensayo fotográfico sobre Chernóbil y la aritmética de la pornografía en internet.
El humor es seco, formulado con la sintaxis de un informe científico, y funciona como sistema de contención: cuanto más metódico se vuelve Abbott —su ronda de seguridad en seis pasos, su experimento nocturno sobre el pánico del perro, su teoría del Mal Humor como bien conyugal que un cónyuge puede acaparar durante meses—, más visible resulta el miedo que administra. Porque debajo de la comedia late una conciencia constante del daño posible: el niño atado en un coche, los cuerpos deformados por la radiación, la palabra «muerte» que se le atraganta en mitad de una nana.
Lo que la obra propone, sin subrayarlo nunca, es la paradoja que su protagonista formula al borde del sueño: nadie que supiera de antemano lo agotadora que es la paternidad la habría elegido, y por eso mismo no habría tenido a esta hija en concreto. Frente a las abstracciones que Abbott persigue con irritación —Platón, la contingencia histórica, el artificio de unas lágrimas digitales—, su mujer le formula el único encargo que importa y que es, también, el más difícil: no levantarse de la mesa al terminar de cenar, vivir aquí, en esta casa, ahora.
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