Seis meses después de enterrar a su mujer, Albert Schmidt escucha en la cocina de su casa de Bridgehampton la noticia de que su única hija va a casarse, y rompe a llorar sin saber muy bien por qué.
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Seis meses después de enterrar a su mujer, Albert Schmidt escucha en la cocina de su casa de Bridgehampton la noticia de que su única hija va a casarse, y rompe a llorar sin saber muy bien por qué. Abogado jubilado antes de tiempo, dueño de todo salvo de la casa en la que vive, Schmidt descubre en su reacción al futuro yerno —un socio joven y competente de su antiguo bufete— un prejuicio que creía no tener. Louis Begley construye con esa escena mínima el retrato de un hombre que se queda sin lugar propio: en el duelo, en la familia y en un mundo cuyas reglas ya no lo protegen.
Un sábado cualquiera, con la sección de cotizaciones del periódico en la mano y el desayuno a medias, Albert Schmidt se entera de que Charlotte, su única hija, ha decidido casarse en junio. La noticia debería alegrarlo y en parte lo alegra, pero lo que se abre paso es el llanto: hace apenas medio año que murió Mary, su mujer, tras una enfermedad que él acompañó desde el primer diagnóstico hasta el último trámite. Lo que Schmidt intuye en ese momento no es tanto la pérdida de la hija como el derrumbe de una rutina que había logrado volver soportable.
El novio es Jon Riker, un abogado joven, minucioso y ambicioso, formado en la misma firma donde Schmidt hizo carrera y a quien él mismo apadrinó hasta convertirlo en socio. Sobre el papel no hay nada que objetar. Pero el examen que Schmidt hace de su futuro yerno —lo que lee, lo que no lee, cómo habla de dinero, cómo calcula el precio de cada cosa, incluidos los hijos que aún no existen— va destapando algo menos confesable: una hostilidad de clase y de origen, un antisemitismo doméstico y cortés que Schmidt nunca creyó tener y que ahora reconoce en sí mismo con incomodidad y sin arrepentimiento suficiente. La novela no lo absuelve ni lo condena; lo deja pensar en voz alta y que el lector saque cuentas.
A ese conflicto se superpone otro, más prosaico y no menos revelador: la casa. La finca cercana a la playa perteneció a una tía de Mary y, por una combinación de promesas familiares y estrategia fiscal, Schmidt solo la disfruta en usufructo vitalicio: la heredera es Charlotte. Los cálculos sobre impuestos de donación, plusvalías, bonos municipales y la pensión que su antiguo bufete dejará de pagarle a los setenta años no son adorno realista, sino el idioma en que este hombre piensa su vida entera. De ahí nace su plan: ceder la casa, pagar el impuesto, marcharse y empezar en otro sitio, más modesto, donde las reglas las ponga él.
Begley narra desde muy cerca de la conciencia de Schmidt, con ironía seca y una atención constante al detalle material: los setos, el sótano ordenado, la caseta de la piscina cuyo umbral el padre no se atreve a cruzar sin invitación. Esa distancia de unos pocos metros entre la casa principal y la de los jóvenes funciona como medida exacta del libro. ‘A propósito de Schmidt’ es una comedia social sobre el privilegio, el duelo y la vejez que llega antes de tiempo, y sobre lo que un hombre educado descubre de sí mismo cuando ya no tiene despacho, ni mujer, ni casa propia donde refugiarse.
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