Novela corta contemporánea sobre Lilian, enamorada en secreto de Simón, su mejor amigo desde la primaria y novio de otra chica. Una fiesta a la que no quería ir —organizada por Federico, el compañero pesado que la acosa con piropos…
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Novela corta contemporánea sobre Lilian, enamorada en secreto de Simón, su mejor amigo desde la primaria y novio de otra chica. Una fiesta a la que no quería ir —organizada por Federico, el compañero pesado que la acosa con piropos vulgares— destapa lo que ambos callaban: entre celos, un primo forastero recién llegado y un juego de verdad o reto, la amistad de años queda expuesta y obligada a decidirse.
Lilian conoció a Simón el primer día de escuela, cuando era la niña sin habilidades sociales a la que nadie se acercaba. Él sí lo hizo, y desde entonces fueron inseparables: él, dulce y paciente; ella, de mal genio y humor filoso. La adolescencia cambió las proporciones de esa amistad. Lilian dejó de ver al niño que se escondía en los arbustos para asustarla y empezó a ver a un muchacho de ojos color miel y voz grave que la desarmaba. Enamorarse fue inevitable; confesarlo, impensable. Prefirió el sacrificio silencioso —llorar de noche, sonreír de día, ser amable con Silvia, la novia de Simón, que además le caía bien— antes que arriesgar la única relación que no quería perder.
El equilibrio se rompe una tarde cualquiera, cuando Simón insiste en llevarla a la fiesta de Federico, el capitán del equipo de baloncesto que lleva meses persiguiéndola con piropos tan groseros que ella los guarda en el teléfono como evidencia. Lilian se niega, cede —siempre cede ante esos ojos— y termina en un patio con luces de colores, decidida a hacerse invisible junto al tazón de doritos. Allí conoce a Cristian, primo de Federico y su opuesto exacto: atento, caballeroso, de ojos azules y risa fácil, y de paso, de otra ciudad. Con él baila, canta a gritos frente a todos y se divierte como no recordaba haberlo hecho.
Lo que Lilian no anticipa es el efecto que eso tiene en Simón. La mandíbula apretada, las miradas furibundas desde la pista, los reclamos disfrazados de preocupación: el mejor amigo perfecto empieza a comportarse como alguien que teme perder algo que nunca se atrevió a nombrar. Cuando el grupo se sienta en círculo a jugar verdad o reto, las venganzas cruzadas, los retos maliciosos y una botella que gira de más terminan poniendo a Simón frente a una consigna imposible de esquivar: besar a quien más ama, con su novia sentada en la misma rueda.
A partir de ese instante, la historia deja de ser una comedia de fiesta adolescente para volverse un ajuste de cuentas emocional. Hay una confesión que llega tarde y mal, una ruptura que alguien vio venir antes que los propios protagonistas, un chico bueno que se aparta con elegancia, y una culpa que Lilian no puede sacudirse aunque haya conseguido exactamente lo que deseaba. La pregunta que atraviesa el relato no es si se quieren —eso está claro desde la primera página—, sino si es posible cruzar esa línea sin dejar heridos en el camino.
Narrada en primera persona por una protagonista sarcástica, autoconsciente y de lengua afilada, con diálogos vivos y un registro coloquial latinoamericano, esta historia breve funciona como una carta a quienes han mirado a su mejor amigo o amiga y han visto algo más. Su moraleja va en la dedicatoria: nada está predicho hasta que uno lo hace realidad.
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