En el Berlín de la guerra, una noche de bombardeo basta para reducir a cenizas un zoológico levantado durante un siglo. Vera, australiana afincada en Alemania y conservadora del parque junto a su marido Axel, director heredero del cargo,…
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En el Berlín de la guerra, una noche de bombardeo basta para reducir a cenizas un zoológico levantado durante un siglo. Vera, australiana afincada en Alemania y conservadora del parque junto a su marido Axel, director heredero del cargo, sobrevive al ataque en un refugio bajo la glorieta y sale a un paisaje de jaulas ardiendo, animales muertos y calles irreconocibles. Steven Conte narra, con una atención casi clínica al detalle, cómo el desastre íntimo —una casa perdida, un oficio deshecho— se vuelve la única medida posible de una catástrofe demasiado grande para nombrarla.
Las sirenas suenan sobre el Tiergarten y los reflectores barren la nieve mientras Vera, Axel y el cuidador jefe bajan por una escalera excavada en el suelo del zoológico hasta una puerta blindada. Han hecho ese trayecto muchas veces; esta noche es distinta. La alfombra de bombas cae con una violencia que convierte en literal lo que hasta entonces había sido una metáfora, y cuando el matrimonio consigue desencajar la puerta y volver a la superficie, el aviario es una pira, la glorieta un árbol en llamas y el aire un siroco cargado de ceniza. Una cebra envuelta en fuego cruza los escombros de la entrada y se pierde en la ciudad. “Es el fin del zoo”, dice Vera, y nadie la contradice.
A siete pasos de la primavera se sostiene sobre ese matrimonio y sobre el recinto que ambos administran. Vera llegó a Berlín en 1934 desde Australia, deslumbrada por una capital de cuatro millones de habitantes que Axel le mostró a pie, gesticulando como un pescador napolitano; una década después le queda un penique con un canguro en el reverso, un acento que la delata en cada ventanilla y la certeza de que el pacto tácito que se había impuesto —resistir la guerra siempre que su hogar quedara en pie— no era ningún contrato. Axel, hijo del fundador del parque, herido en las trincheras de la otra guerra, conserva un aplomo que a ella la tranquiliza y a veces la desconcierta. Alrededor de los dos gravita Flavia, amiga del mundillo teatral, bombardeada dos veces, capaz de gorronear canapés en una legación condenada y de ceder su dormitorio sin admitir réplica.
La novela mide la guerra en inventarios: dos tercios de quince mil animales muertos en una sola noche, libros de pedigríes rescatados de un despacho en llamas, colas en un gimnasio requisado donde un fabricante proveedor de la Wehrmacht denuncia a Vera ante un policía por el delito de hablar alemán con acento extranjero. Conte alterna la mirada de ella con la de Axel en su ronda de inspección —el recinto de los carnívoros sin un solo león vivo, el acuario reventado por una mina aérea, un cocodrilo herido al que no se atreve a rematar— y en ese recuento se filtra la historia mayor: Stalingrado, los reclutamientos de viejos y niños, las armas prodigiosas que nadie ha visto, los cuerpos alineados en la acera bajo el Linden.
Lo que resulta de ahí no es una crónica bélica sino un estudio de intemperie. Los animales, incapaces de refugiarse o de entender por qué el cielo se abre, funcionan como espejo exacto de una población empujada bajo tierra noche tras noche; y la vieja grandilocuencia imperial de las pagodas y los minaretes queda expuesta como lo que siempre fue, decorado. Vera se descubre convertida en pasajera de un tren cuyo maquinista ha muerto en marcha, obligada a decidir cuánto de sí misma le debe a un país que no es el suyo y a un hombre que sigue siendo, pese a todo, la constante de su vida.
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