Sara ronda los treinta, está casada con un hombre de negocios que apenas coincide con ella a la hora de comer y ha decidido volver a la universidad para terminar la carrera que dejó a medias hace ocho años.
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Sara ronda los treinta, está casada con un hombre de negocios que apenas coincide con ella a la hora de comer y ha decidido volver a la universidad para terminar la carrera que dejó a medias hace ocho años. Entre matrículas, coloquios de literatura francesa y libros comprados con avidez, descubre que la vida no era una renta que se cobra sin esfuerzo, sino algo que se paga a plazos. La novela es el largo monólogo que dirige al hombre que la ha enseñado a mirar: su profesor.
Hubo un tiempo en que la narradora creía que alguien, mucho antes, había contraído una deuda a su favor y que a ella le bastaba con cobrar cada mañana el cupón correspondiente. Vivía detrás de un ventanal: veía pasar a los otros sin mezclarse, protegida por la posición, la peluquería, la modista, las tiendas, esos escaparates cómodos desde los que se contempla el vivir ajeno. Cada mañana se preguntaba para qué complicarse la vida, y la pregunta misma le servía de respuesta.
El relato arranca cuando esa aritmética se ha roto ya. Sara —casada con Antonio, socio de una granja modelo, hombre de congresos bancarios y cenas oficiales en el Gran Hotel— ha vuelto a las aulas para terminar Filosofía y Letras en una ciudad de provincias, lejos del Madrid donde alguien podría reconocerla y pedirle explicaciones. Tiene casi treinta años entre compañeros que rozan los veinte, un encendedor de oro que la delata el primer día y una determinación nueva: las dificultades, por primera vez, le sirven de incentivo en lugar de agotarle el combustible antes de mediodía.
Allí está don José, catedrático de Historia de la Lengua Francesa, el «hueso» del curso según Bonilla, el compañero repetidor que la adopta como introductor de las nuevas. Al principio Sara no lo ve: es un oráculo, una voz, un programa que va de la langue d’oc a Corneille y a Racine, un método que exige no solo leer a los autores sino reencarnar a sus personajes y hacerlos vivir. Lo ve por primera vez —de verdad, como hombre— la mañana en que llega acatarrado a clase, con la voz ronca y la cabeza apoyada en la mano, y algo en ella se tiende hacia él como un sarampión de manos pequeñas que quisieran cuidarlo.
De ese reconocimiento nace el libro entero, escrito como una conversación ininterrumpida con el ausente durante los días en que él está de viaje. Sara le habla de todo: del pastor que les cortó el paso una tarde en la costa y de la chispa de odio que brotó entre ellos, de los coloquios de los viernes y del esprit que tanto exige a sus alumnos, del adulterio tal como lo castigaban las civilizaciones primitivas y de su propio caso, que no amenaza con nuevas bocas en la mesa familiar. Le confiesa que padece una especie de amnesia después del amor y que las frases perfectas que le atribuye nunca las ha pronunciado él.
El retrato del matrimonio se dibuja sin estridencias, en los intersticios: una conversación en el rellano del ascensor, un viaje a Burdeos que ella declina y él acepta que decline con demasiada facilidad, un teléfono que suena para pedirle que esta noche esté guapa. Separadas las intimidades, cesó la guerra y quedó una convivencia indiferente que el amor por otro, paradójicamente, vuelve más cordial: enamorada, Sara ve a Antonio con más nitidez y hasta le hacen gracia sus fanfarronadas.
Lo que la novela cuenta, en última instancia, no es una infidelidad sino una conversión. La de una mujer que desanda el camino hasta la encrucijada donde eligió el sendero más ancho y descubre que fue en el otro, el triste, donde maduró; que ahora prefiere las margaritas a las rosas porque duelen menos, pero que si le apetece una rosa la toma, y si se pincha se chupa la sangre y decide que aquella rosa bien valía el suspiro. Su problema ya no es el tedio de los días largos e iguales: es que no le alcanzan las horas para leer, para aprender y para querer.
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