En mayo de 1938, colgada de una correa de cuero en un autobús atestado que baja por Bayswater Road, a una joven londinense se le ocurre una idea sin previo aviso: cruzar Canadá a caballo. Sus padres no la disuaden, y eso basta.
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En mayo de 1938, colgada de una correa de cuero en un autobús atestado que baja por Bayswater Road, a una joven londinense se le ocurre una idea sin previo aviso: cruzar Canadá a caballo. Sus padres no la disuaden, y eso basta. Un año después embarca rumbo a Halifax con poco más de ochenta libras, una silla de montar traída de Inglaterra y una ignorancia que ella misma califica de optimista. Este libro es el relato en primera persona de aquel viaje: la búsqueda del caballo en Columbia Británica, el hallazgo de «Timoteo» y los primeros tramos de camino hacia las montañas.
La narradora, a quien sus compañeros de ruta llaman Mary, sitúa el origen de su viaje en un instante trivial: una tarde lluviosa de 1938, apretujada en un autobús londinense entre paquetes y desconocidos, con el sombrero abollándose y la sensación de que la vida transcurre sin sosiego. La idea de atravesar Canadá a caballo cae en su cabeza como una piedra en un estanque. La consulta con su madre y con su padre, obtiene un sí sereno de una y un «yo no me atrevería, pero sigue adelante» del otro, y guarda el proyecto doblado en la memoria hasta la primavera siguiente.
El relato avanza por etapas claramente marcadas. Primero la travesía atlántica a bordo del «Duchess of Bedford», con una noche de galerna vivida desde la cubierta de tercera clase que la deja más asombrada que asustada. Después, cuatro días de tren transcanadiense: el barro de Halifax, el calor sofocante de los vagones, los bosques interminables del norte de Ontario, las praderas que ninguna descripción previa había logrado volver imaginables, y el tañido de las locomotoras que ella escucha como el resumen sonoro de todo un país.
En Kamloops, acogida por una familia que la invita tras leer una nota de prensa, empieza el trabajo verdadero: encontrar caballo. Diez días de búsqueda infructuosa la llevan al inmenso rancho Douglas Lake, donde descarta una yegua baya de temperamento difícil y acaba aceptando a «Timoteo», un animal grande, flemático y sensato que no responde en nada al caballo soñado. En Vancouver soporta una vorágine de banquetes, entrevistas y expertos en equitación que se turnan para explicarle por qué su empresa fracasará. Ella escucha, calla y parte igualmente.
Los capítulos siguientes ponen a la pareja en la carretera hacia el valle del Fraser y luego a la senda de Princeton, entre hospitalidades escocesas e inglesas trasplantadas, cabañas donde un vagabundo toca a Dvořák al violín, desprendimientos de tierra, osos que cruzan el sendero y nieve en pleno junio. La aventura que Stevenson llamó «pura, desapasionada» se revela, sobre todo, como una sucesión de personas y de días.
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