Henry Ashby Turner reconstruye, día a día, los treinta días de enero de 1933 que llevaron a Adolf Hitler a la cancillería alemana. Con precisión de historiador, muestra que aquel desenlace no fue el resultado de una victoria electoral ni…
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Henry Ashby Turner reconstruye, día a día, los treinta días de enero de 1933 que llevaron a Adolf Hitler a la cancillería alemana. Con precisión de historiador, muestra que aquel desenlace no fue el resultado de una victoria electoral ni de un plan maestro, sino de una trama de ambiciones personales, cálculos erróneos y maniobras entre un puñado de figuras —Hindenburg, Schleicher, Von Papen y el propio Hitler— que subestimaron el peligro que tenían delante.
En ‘A treinta días del poder’, el historiador Henry Ashby Turner concentra la mirada en un lapso brevísimo pero decisivo: el mes de enero de 1933, cuando Adolf Hitler pasó de dirigir un partido en horas bajas a convertirse en canciller de Alemania. Lejos de presentar ese ascenso como una consecuencia inevitable de fuerzas históricas o de un respaldo popular arrollador, Turner documenta con detalle casi cotidiano cómo el poder le fue entregado a Hitler mediante una serie de intrigas cortesanas protagonizadas por un reducido grupo de hombres: el anciano presidente Paul von Hindenburg, héroe militar de la primera guerra mundial y árbitro último de la política alemana; el general Kurt von Schleicher, estratega en la sombra que creía poder manipular a todos los actores en juego; y Franz von Papen, aristócrata resentido dispuesto a cualquier maniobra para recuperar la cancillería que había perdido. El libro reconstruye reuniones privadas, cálculos de despacho, rencillas personales y errores de cálculo que, entrelazados, desembocaron en el nombramiento del 30 de enero. Turner subraya un hecho incómodo: la prensa, la izquierda organizada y buena parte de la sociedad alemana no percibieron en su momento la magnitud del peligro, y muchos daban por descontado que el nuevo gobierno sería efímero o fácilmente controlable. Al narrar los hechos casi hora por hora, la obra invita a entender que nada en ese proceso estaba escrito de antemano, y que pequeñas variaciones en las decisiones de unos pocos hombres podrían haber torcido el curso de la historia. En la edición en español, un prólogo de Antonio Muñoz Molina enmarca el libro dentro de una reflexión más amplia sobre el oficio del historiador, la tentación del fatalismo al leer el pasado y la vigencia de estudiar cómo se gestan los grandes desastres políticos a partir de decisiones humanas, contingentes y evitables.