«A tres pasos de luna», de Beatriz Cáceres, arranca con dos escenas que parecen no tener nada en común y que el lector intuye destinadas a cruzarse.
Descargar
«A tres pasos de luna», de Beatriz Cáceres, arranca con dos escenas que parecen no tener nada en común y que el lector intuye destinadas a cruzarse. En la primera, un oficial de un submarino alemán mata al joven marinero con el que acaba de acostarse y, para que su secreto no lo delate ante los suyos, decide hundir la nave con toda la tripulación dentro. En la segunda, en la isla de Tabarca, frente a Alicante, una muchacha llamada Luna se esconde en la cueva donde de niña fue abandonada junto a su hermana pequeña, y repasa cómo un viejo pescador la rescató y le dio nombre, oficio y una manera de estar en el mundo. Una novela de mar, orfandad y secretos, con pasajes sexuales explícitos y violencia.
Hay libros que se presentan por contraste, y este es uno de ellos. «A tres pasos de luna» abre con un prólogo asfixiante en el interior de un submarino alemán: pasillos angostos, aire espeso, un oficial corpulento que se apoya en los mamparos con las manos manchadas de sangre. Acaba de matar al joven marinero con el que había buscado un momento de intimidad en la quilla del barco, después de que el chico lo amenazara con contarlo todo. Lo que sigue no es arrepentimiento, sino cálculo: en un régimen que persigue lo que él es, el escándalo significaría la ruina y quizá la muerte de su mujer y sus seis hijos. Así que el oficial elige una salida que le parece limpia —morir en acto de servicio— y empieza a abrir el fondo principal sabiendo que se lleva por delante a cuarenta y dos personas. La voz que lo cuenta es lúcida, doctrinaria y sin piedad, y esa frialdad es precisamente lo que inquieta.
De ese encierro metálico la novela salta al aire libre. Primera parte: isla de Nueva Tabarca, Alicante, madrugada del 6 de diciembre de 1936. Quien habla ahora es Luna, una joven que se ha refugiado en la cova del Llop Marí porque algo grande y peligroso viene a buscarla y en una isla pequeña no hay dónde desaparecer. Mientras espera, recuerda. Recuerda al padre de manos ásperas que la trajo desde un puerto del sur de Italia con su hermana Cara y las dejó al fondo de esa misma cueva prometiendo volver; recuerda los días sin agua ni comida, y la mañana en que Cara ya no despertó. Recuerda a Juan, el pescador viudo que entró a coger erizos y salió con una niña en brazos, que le puso nombre por el color de sus ojos y que le enseñó, sin exigirle nada, a comer, a oír de nuevo, a leer el mar como quien lee a alguien de la familia. Luna cuenta también lo que la separa de los demás: una audición frágil, un idioma que no era el suyo, una incapacidad casi total para llorar.
Cáceres alterna así dos registros —el monólogo claustrofóbico del verdugo y la memoria luminosa y elemental de la superviviente— y deja abierta desde la primera página la pregunta de cómo terminarán tocándose. Entre medias, el telón de fondo de una Europa que se arma y una España que ya está en guerra. Prosa sensorial, muy atenta al cuerpo, a la luz y al agua, con una idea insistente: que el destino se teje solo y que apenas queda margen para deshacerlo. Advertencia al lector: incluye escenas sexuales explícitas, violencia extrema y contenido vinculado al nazismo y a la persecución de las personas homosexuales.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.