Durante años, un programa nocturno de radio convirtió el correo de sus oyentes en un archivo involuntario de la intimidad española. «A veces llegan cartas» reúne y comenta esa correspondencia: sobres que llegaban a La Gramola con una…
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Durante años, un programa nocturno de radio convirtió el correo de sus oyentes en un archivo involuntario de la intimidad española. «A veces llegan cartas» reúne y comenta esa correspondencia: sobres que llegaban a La Gramola con una historia dentro y, siempre, una canción pedida. Su presentador ordena aquel material en capítulos titulados con nombres de temas musicales y lo acompaña con una voz que no juzga, sino que escucha: la crónica de cómo una emisora encendida a las once de la noche se volvió confidente de miles de personas.
El libro nace de una premisa sencilla que terminó desbordando a su autor: dar la palabra al oyente. En 1995, un programa nocturno de tres horas propuso que fueran las peticiones musicales y las historias personales del público las que sostuvieran la antena. Lo que llegó después —decenas de miles de cartas, faxes y correos a lo largo de las temporadas— es la materia prima de estas páginas.
El volumen no es una historia del programa ni unas memorias radiofónicas al uso. Es, más bien, un cajón abierto. Cartas decoradas, sobres artesanales, remites tachados por prudencia, folios escritos a máquina sin una sola falta de ortografía. Cada capítulo toma su título de una canción, y cada carta llega con la suya: una melodía que a un lector cualquiera puede parecerle solo bonita y que, para quien la pidió, es un fragmento entero de biografía. Esa es la tesis que atraviesa el libro: que la música es cultura y memoria, no consumo fugaz, y que se puede acceder a la vida ajena entrando por ahí.
El bloque más extenso y más difícil de olvidar procede de las prisiones. Valdemoro, Picassent, Málaga, Sevilla, Monterroso, Alcalá, Nanclares, Alicante: nombres que aparecen al pie de textos donde la radio funciona como puente hacia el exterior. Un interno que confiesa llevar la vida entera buscando la canción definitiva y sospecha que encontrarla sería morir. Otro que describe cómo la noche, dentro, adquiere otra dimensión, y cómo ciento veinte minutos de programa se convirtieron en su único refugio. Un hombre que pide que alguien entregue al aire, en su nombre, el beso de despedida que no pudo dar a su padre. Un viudo que recuerda a su mujer en el aniversario de una separación forzosa. Una mujer que se enamoró por correspondencia de alguien a quien solo conocía en fotografía. Y también la carta que hiela: la de quien delinquió a propósito para acabar en la misma cárcel que el agresor de su hermana.
El autor no se coloca por encima de ese material. Se pregunta en voz alta si el ojo por ojo se justifica, admite el morbo inevitable de querer saber por qué está preso quien escribe, reconoce que a veces se salta en antena los párrafos que solo buscan compasión, y confiesa que hay historias que siguen sin cerrarse porque nunca volvió a saber de sus remitentes. Su antiguo oficio de trabajador social asoma en una convicción que declara sin coartadas: que un micrófono modesto también puede normalizar valores deteriorados, aunque le cueste la etiqueta de ingenuo.
Junto a los muros aparecen otros territorios —la vida familiar, los amigos, el rechazo al terrorismo, los viajes, la experiencia de sentirse distinto—, porque el criterio de selección nunca fue el suceso sino la necesidad de contar. El resultado es un libro coral y desigual por naturaleza, hecho de voces que solo pretendían durar unos minutos en antena y que aquí recuperan el sentido que las movió a escribir: hacer llegar a alguien, aunque fuera a un desconocido al otro lado del dial, su propia lección de vida.