Entre octubre de 2005 y septiembre de 2008, alguien que firma como Ayran n abrió una bitácora personal para poner por escrito algo que no cabía en ninguna casilla: la distancia entre el cuerpo que el espejo devuelve y la persona que habita…
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Entre octubre de 2005 y septiembre de 2008, alguien que firma como Ayran n abrió una bitácora personal para poner por escrito algo que no cabía en ninguna casilla: la distancia entre el cuerpo que el espejo devuelve y la persona que habita dentro. A Way to Queer recoge esos treinta y tres apuntes en el orden en que fueron naciendo, sin corregir la intemperie del formato. Son textos breves, escritos casi siempre de madrugada, que alternan el masculino y el femenino según el día y el ánimo, y que van componiendo el retrato de una vida dividida entre la máscara pública y la intimidad donde por fin no hay que actuar. No es un manifiesto ni un tratado: es el registro honesto de una búsqueda que descarta una a una las etiquetas disponibles hasta quedarse con la única que le sirve, la de sí misma.
Hay libros que se escriben para ser libros y otros que llegan a serlo por acumulación. A Way to Queer pertenece al segundo grupo. Su origen es una bitácora abierta en octubre de 2005 con una declaración de intenciones sencilla: buscar en los demás respuesta a las propias preguntas y, de paso, ofrecer alguna a quien anduviera perdido en el mismo territorio. Tres años después, en septiembre de 2008, esa bitácora había reunido treinta y tres entradas que hoy se leen como un diario continuo.
Quien escribe firma como Ayran n y advierte desde la primera página de una particularidad que el lector notará enseguida: unos textos están redactados en femenino y otros en masculino. No hay aquí varias voces ni un desdoblamiento, sino una duda que el propio libro va decantando. La autora distingue con precisión dos experiencias que suelen confundirse: la de quien descubre poco a poco un modo de estar en el mundo que le sienta mejor, y la de quien despierta cada mañana en un cuerpo que reconoce como ajeno. La primera es un hallazgo; la segunda, una intemperie diaria. El libro cuenta cómo lo que empezó siendo lo uno terminó siendo lo otro.
De ahí arranca un itinerario que el texto recorre sin atajos. Está la consulta a una asociación de apoyo, y el desconcierto de descubrir que allí las preguntas iban todas en una sola dirección —el tratamiento, la cirugía, el calendario— cuando lo que se buscaba era tiempo para pensar. Están las razones, expuestas sin dogmatismo y siempre en primera persona, por las que ninguna de las categorías disponibles terminaba de encajar. Y está el hallazgo de la teoría queer, entendida aquí no como bandera sino como permiso: la idea de que nadie está obligado a caber en una casilla, y de que una persona es el conjunto de sus gestos, sus afectos y sus intereses antes que una etiqueta.
La segunda mitad del recorrido abandona lo teórico y se vuelve doméstica, que es donde más aprieta. El trabajo, donde se calcula cada palabra para que nadie ate cabos. La familia, con unos padres cariñosos cuyo apoyo incondicional sería, paradójicamente, el peor de los desenlaces, porque llegaría envuelto en diagnóstico. Los amigos, único terreno donde se decide no ceder nada. Y un fin de semana junto a otra persona, contado con una ternura desarmada, tras el cual el regreso a la máscara cotidiana estuvo a punto de resultar insoportable: el libro no esconde que la felicidad, cuando es breve, puede volver la vuelta atrás más oscura.
Esa alternancia es el pulso del conjunto. A entradas largas y razonadas les siguen otras de tres líneas escritas sin ánimo, notas de agradecimiento a lectoras lejanas, textos ajenos reproducidos por solidaridad, avisos y desahogos. Los comentarios originales y los nombres propios fueron suprimidos para proteger a quienes participaron, de modo que lo que queda es una voz sola dirigiéndose a un interlocutor que apenas se intuye.
El resultado es un documento de época y, a la vez, una lectura sin fecha de caducidad: el testimonio de una persona que decidió no elegir entre las opciones que le ofrecían y construir, con paciencia y a costa de sí misma, un camino propio.
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